El mono que no tenía una camisa de manga larga.

El mono Antxón tiene los brazos peludos y por eso no le compran una camisa. A Antxón le gustan mucho las camisas a cuadros y sueña con tener una, de larga manga y puños blancos pero la gente le dice, los monos no lleváis camisas porque tenéis pelos en los brazos. EL mono Antxón llora y suspira por tener una camisa a cuadros y se pone triste cuando le dicen que no.
El mono Antxón ha robado una depiladora, una máquina para quitarse los pelos. Se lo ha visto hacer a Doria, la mujer del cuidador del zoo. El mono Antxón se la quitó cuando Doria estaba depilándose las piernas y fue a por una coca-cola, la cogió sin permiso y ahora la pasa una y otra vez por sus brazos. Pero el mono Antxón no sabe que hay que encenderla con un botoncito. Así que no se le quitan los pelos.
Un día, accidentalmente, mientras estaba observando muy de cerca a la depiladora la encendió sin querer con la nariz y se afeitó la mitad de la cara. Muy contento, se puso manos a la obra y se depiló los brazos. Después fue a que su cuidador le comprara una camisa de cuadros de manga larga. Pero el cuidador reconoció la depiladora y se enfadó mucho.
Ahora el mono Antxón es el mono más raro del Zoo pues tiene la mitad de la cara afeitada y ni un solo pelo en los brazos.

(para Helena)

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vuelva usted mañana.

Disculpe, me podría decir dónde está este corazón -le mostré la foto.
El funcionario me miró molesto, sin duda le había interrumpido en lo que estuviera haciendo que, aparentemente, era nada.
-Ventanilla 112 -me dijo.
Me apresuré corriendo a riesgo de resbalar en el recién encerado suelo que olía a lejia, pasé un pasillo largo y acabé en una estancia llena de ventanillas. Busqué el número sin detenerme, estaban dispuestos correlativamente.
Al llegar a la mía, había una cola enorme.

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El tobogán

Hay un niño enfadado en el fondo de la habitación, se nota que lo está pues tiene la cara arrugada en una mueca que no deja de ser graciosa, sin embargo sus ojos destilan odio.
-¿Qué ocurre? -me atrevo a preguntarle.
-Quiero un tobogán.
-Bueno, eso no parece muy difícil ¿por qué no se lo has pedido a los Reyes Magos?
-Lo he hecho y me han traído ese -dijo señalando un tobogan amarillo que yo no había visto, después siguió con la explicación-, pero el que yo pedí era un largo. Uno que llegara al mar.
-Ah!, al mar, ni más ni menos.
-Si, nunca me han llevado al mar y yo quiero ir al mar, el tobogán era una buena idea pero no me lo han traído, ahora jamás iré al mar.
- Pero…¿Por qué?, eres muy pequeño, tienes mucho tiempo para ir al mar.

El niño me miró y despacio se quitó la gorra que le cubría la cabeza. No, él jamás iría al mar.

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el pez

Había pasado el día trotando con sus pensamientos, sin detenerse especialmente en ninguno. Ponía el cebo de manera mecánica, primero abría la lombriz, después la partía en pedacitos que ensartaba y ataba con sedal al anzuelo para, finalmente, lanzar la caña con fuerza. El carrete producía un sonido metálico al desenrollarse. Después volvía a tararear imágenes en su cabeza.
Apenas sintió el primer tirón supo que era grande, le dejó sedal para evitar que se rompiera, el hilo se hundió rápidamente en el agua y aprovechó para afincarse con las botas en el lodo. Enrolló despacio la caña hasta que sintió el peso del pez y dio un fuerte tirón, el animal saltó del agua mostrándose. Era el más grande que había visto.
Estuvieron luchando durante dos largas horas, ambos esperaban lo mismo, que el otro se agotara, que se rindiera. Sin embargo, la lucha era desigual en sus comienzos pues el pez lo hacía por su vida y el hombre no. El pez cedió.

Lo cogió entre sus manos y sacó la mitad de su cuerpo del agua, era un hermoso ejemplar. Sin duda el más bonito que había visto nunca. Tenía el cuchillo en la cercana orilla, el pez boqueaba por el esfuerzo y la falta de aire, pesaba. Pesaba mucho.
Arrastró el pez a la orilla y cogió el cuchillo, soportó el peso con un solo brazo y el pez se movió a punto de quebrarlo pero el hombre aguantó. Decidido, asestó un certero tajo cortando el sedal, después arrojó el cuchillo. Introdujo su mano en la boca y le quitó el anzuelo.
Un hermoso ejemplar.
El hombre lo dejó ir acariciándole el lomo sabiendo que ese pez jamás volvería a ser pescado pues los peces aprenden, igual que los toros.

Siempre que contaba esta historia en los bares de pescadores terminaban preguntándole lo mismo.
¿Por qué?
Y él siempre daba la misma contestación. Pesaba demasiado.

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espinas

Y a la tercera, ella, tampoco se dió por vencida, así que él cogió una rosa y, aprisionando su cabeza contra el suelo, empezó a golpearla, una y otra vez, tan fuerte como fue capaz y mientras, con voz melosa, le repetía: te quiero, te quiero, te quiero. Y así continuó hasta que el último pétalo se desprendió y solo quedaron espinas.

Yo lo vi, así sucedió.

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La canción del verano

Tengo, tengo, tengo…

tú no tienes nada…

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Felicidad

La felicidad es tener expectativas de tomar un chocolate caliente cuando tienes frío y te apetece un chocolate caliente.

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la niebla

Una vez, tres hermanos fueron obligados, por las deudas contraidas en una vida de extrema pobreza, a irse de su casa tras la muerte de su padre que poco antes de morir dedicó al de enmedio, el más lúcido,  la responsabilidad de cuidar de los otros.

Caminando por el bosque una espesa niebla les envolvió de tal manera que ni unos a los otros se vislumbraban. Jonás, que así se llamaba el hermano segundo, advirtió a sus hermanos que no se movieran.

- Dejemos pasar la niebla para seguir nuestro viaje -dijo en un murmullo.

El mayor, fornido y valiente aunque corto de entendederas, protestó.

- Nuestro padre nos se hubiera dejado amilanar por una simple nube, continuemos. Y diciendo esto desapareció.

El menor, cobarde e impresionable empezó a gritar aterrorizado llamando a voces a sus hermanos que no veía. Así, presa del pánico, desapareció tragado por la niebla.

Tras horas de angustiosa espera, la niebla disipó y Jonás salió en busca de sus hermanos encontrándolos despeñados en el fondo de un barranco. Destrozado por haber perdido a sus seres más queridos, los enterró dejando una nota sobre las tumbas a modo de sepelio donde relataba lo ocurrido y que terminaba diciendo “si la niebla no te deja ver, espera a que pase para seguir caminando”.

Tras estos tristes acontecimientos, Jonás llegó a un pueblo donde por azar del destino fue reconocido por un vecino de su fallecido padre. El vecino, conocedor de la pobreza de los hermanos, se sorprendió al verlo solo y le preguntó sobre sus hermanos. Jonás explicó lo sucedido pero no fue creído, y en juicio sumarísimo fue ahorcado acusado de matar a sus hermanos para arrebatarles sus pocas pertenencias que Jonás transportaba como recuerdo. Nada pudo convencer al gentío. Una soga fue atada a un olivo enhiesto y alto, como antes eran los olivos.

Días más tarde, fueron encontradas las tumbas y por ende la nota. Los vecinos comprendieron el terrible error cometido y rogaron para salvar sus almas emponzoñadas por tan terrible injusticia. No se sabe si los rezos tuvieron respuesta, lo que sí se sabe, es que el olivo donde ahorcaron a Jonás se arrugó, y tras él, todos los que le rodeaban. Y desde entonces, los olivos crecen en curvas sinuosas para jamás ser enhiestos y altos.

Como antes eran.

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Malos vientos

Ojalá, a tus palabras, se las llevase el viento.

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Levedad

Se busca Blog

Es alto, de unos tres años, diestro y vestía de negro en el momento de su desaparición. Hasta ayer mismo estaba aquí.

Si alguien lo ha visto, dejar razón.

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