Arena de colores en una botella
Relato Ganador Certamen Novela Negra: Noche de autos
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La felicidad es cuando lo que piensas, lo que dices y lo que haces estan en armonia.
Mahatma Gandhi
No vayas por donde el camino te lleve, ve por donde no hay camino y deja tu huella.
Ralph Waldo Emerson
Mucho más que los intereses, es el orgullo quien nos divide.
Augusto Compte
Frases de Miguelito (Mafalda)
"¿Para que cuernos quiero ser grande cuando sea grande?... ¡ Yo quiero ser grande ahora!..."
"Yo, lo que quiero que me salga bien es la vida."
"Aquí estoy, esperando algo de la vida."
fila
Fueron pasando en fila
a tiempo y ordenados.
Primero fue el sosiego
tras aquel amor empantanado.
Después pasó la desdicha
de los escombros desparramados.
Tras ella la desidia,
por tanto tiempo,
tiempo, tiempo…, abandonado.
Por último llegó el olvido,
haciendo que jamás hubiera pasado
¿O no fue el último?
Quizás fuera antes, o nunca. No sé.
Lo he olvidado.
bajo tu piel
Si pudiera tocarte más allá de tu piel. Acariciando el alma para sentirte todo, más allá de tu piel. Para hablarle a tus recuerdos, soñar con tus deseos y escuchar esos miedos, que guardas bajo tu piel. Si pudiera besar a esa niña, asustada y quebradiza, curiosa y bonita, que guardas bajo tu piel. Si pudiera abrazar tus esquinas en el fondo de tu calle oscura, que me encendieras tus luces para ver tus señales, bajo tu piel. Yo no querría tus ojos, ni tu sonrisa ni vería tus lágrimas, ni sentiría tu brisa porque yo estaría más allá de ti, de tu cuerpo…, bajo tu piel.
Ya nadie cree en la Navidad (cuento de idem)
El trineo crujía en la noche gélida mientras se deslizaba por las montañas nevadas a toda pastilla, Santa Claus miró su reloj digital de enormes números y fustigó a los renos. Se le hacía tarde y aún le quedaba un pueblo por repartir. Vio las luces en lontananza y calculó que, entre subidas y bajadas por las montañas, tardaría una hora en llegar. Y dos más hasta repartir los regalos. Demasiado justo. Decidió ir por la autopista.
Santa se ajustó la bufanda mientras el trineo aceleraba, mucho mejor —pensó—, en quince minutos llego. Atravesó un túnel y su cuerpo agradeció el repentino calor, al salir, una espada de luz se agitó en la lejanía haciéndose más grande por momentos, estaba justo en su camino, alarmado, tiró de las riendas haciendo zigzaguear al trineo. Se detuvo. La espada se acercó desprendiendo un fulgor escandaloso en la negra noche.
—Buenas noches, me permite los papeles —el que hablaba tenía cara de pocos amigos.
—¿Papeles, qué papeles?
—Certificado de vacunación de los renos, de importación de animales exóticos y permiso de conducir trineos.
Santa dedujo que debía ser una autoridad quien le hablaba.
—¿Es usted alcalde? —aventuró.
—¿Alcalde? ¡Baje del trineo, le toca soplar!
—Mire usted, señor —comenzó a explicar— he de llegar cuanto antes a aquel pueblo, en caso contrario, mañana habrá muchos seres desdichados. Sepa usted que soy Santa Claus.
—¡Que sople, coño! —dijo el aludido metiéndole la boquilla en la boca.
Santa obedeció y empezó a soplar.
—Más…, más…, más… ¡vale! —cogió el aparato y leyó el nivel medido—. Pues está bien —dijo insatisfecho. Quedó pensativo y sus ojos, entrenados, se posaron en la nariz del viejito que en ese momento, sorbieron, quizás debido al frío —seguía pensando—, o quizás…—voy a tener que pedirle que descargue el trineo—. Ordenó.
—¿Cómo?
—Señalizaré la carretera, empiece.
Un montón de paquetes se acumulaban abiertos en el arcén de la autopista, coches de carreras, caballitos de madera, norias y un sinfín de juguetes formaban una fila interminable dando color al blanco del paisaje. El guardia golpeaba, volteaba, olía y registraba cada uno de ellos mientras Santa Claus lo observaba extrañado a la vez que daba furtivas miradas a su reloj.
—¡Un cine Exín! —gritó de pronto el uniformado—. Siempre quise tener uno
Santa Claus se acercó.
—Es que quizás no se portara usted bien —le dijo mientras el guardia admiraba el juguete.
—Mis padres eran pobres y no podían permitírselo. Yo siempre se lo pedía a los Reyes Magos, claro, en mi inocencia. Pero lo único que me traían era ropa. No hay cosa más triste que en la mañana de Reyes, al despertar, veas un suéter y calcetines encima de la cama.
—¡Los Reyes Magos! no me extraña, la verdad.
—¿Qué pasa con los Reyes Magos?
—Bueno, yo solo sé lo que comentan. Dicen que beben —susurró bajando la voz.
—Qué disparate —contestó sin dejar de mirar el cine Exín.
Santa Claus lo vio claro en ese momento.
—Tengo varios de esos. De sobra.
—¿De veras?
—De hecho me haría usted un favor si se lo quedara, así me aligeraría el viaje de vuelta.
—¿Está usted insinuando…?
—Se hace tarde, señor Alcalde.
—Pero yo no puedo aceptarlo. Sería un soborno. Yo nunca he hecho algo así.
—No es un soborno, es un regalo. Soy Santa Claus, ya se lo he dicho y mi oficio es hacer regalos. Es normal, créame —miró el reloj de nuevo. No iba a llegar. Dejaría los regalos en la plaza del pueblo, ya lo había hecho alguna vez, no era un pueblo muy grande. Pero tenían que estar antes de amanecer y el guardia no soltaba el cine Exín. Tenía que hacer algo, ya.
—Se lo dejo barato
—Eso es otra cosa ¿cuánto?
—¿Cuánto lleva encima?
—¿En el uniforme? poco, unos diez euros si acaso…
El pastor mantenía sus manos aferradas en torno al hocico del perro para evitar cualquier ladrido que los descubrieran. Tras una piedra asistían a la escena.
—¿Te has fijado, Niebla? —le decía al perro con la boca pegada a su oreja— el cabrón vende los regalos. Los Reyes agradecerán esta información. Este año tenemos Escalextrix.
Posted in cuentos, relatos
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quiero ser calvo para llevar peluca.
Hay costumbres que se abren paso sin tocar antes a la puerta ni usar las palabras “por favor”, y aún así, no puedes dejar de añorarlas cuando faltan un solo día. Tal es mi forma de acabar la tarde, escuchar una buena canción mientras hago cábalas, algunas veces firmes, otras vacilantes, pero siempre, siempre, honestas con mi mentira de escribir.
De igual forma, hay preguntas que uno no debiera hacerse sin conocer la respuesta, como hacen los buenos abogados. Una vez me preguntaron si había amado a alguien distinto de mi mismo.
—Por supuesto —contesté indignado—, se llamaba, se llamaba…
Dale a la flecha, que tengo ganas de bailar.
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cuestiones pendientes
Alguna vez, he tenido un amigo. De esos que no dicen nada pero siempre buscan la excusa perfecta para llamarte cuando tienes la necesidad de escuchar. Soy capaz de contar a mis amigos por el tiempo que transcurre entre conversación y conversación. Cuanto más tiempo pasa entre ellas, mejores amigos son. ¿Quién si no, te llamaría para hablar contigo después de años sin hacerlo? O es tu amigo, o le debes dinero. Claro que podría ser un amigo al que le debes dinero.
Yo he perdido dinero por prestárselo a un amigo.
Espero que te des por aludido si lees esto.
Lo que tiene que inventar uno.
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rest
que para morir, ya está la muerte
yo vine para llegar hasta el fin
aunque el final, sea perderte.
O quizás es que ya te perdí
y ya solo me queda quererte.
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down
Entre soles, una luna. Como un as en la manga en una ronda de reyes. Sin respirar, conteniendo la sonrisa, acabo esta noche en el fondo de un folio abierto como una virgen puta, mancillando su pureza con el torpe movimiento de mis dedos, aguantando el deseo de gozarla para que no me tiemble en la mirada.
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En un rincón, apenas iluminado, conseguí las cosas que creí desear. Ahora, cuando ya el deseo no basta, busco entre las rosas el olor de un adiós sincero. Ese que me cuente que alguna vez me añorarás, que no podrás olvidarme; lejos de lo nuestro, sabiendo que alguna vez me quisiste.
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hombres
Siempre me sorprende que gentes como el taxista que me lleva al aeropuerto mostrándome su nuca o el portero que jamás me habla y me despide enseñándome la palma de su mano, tengan sentimientos cercanos a los humanos. Que más allá de ser portero, taxista o policía puedan ser hombres que lloran lágrimas y que las dudas y vaivenes de la vida puedan hacer mella en su condición de iconos insensibles. Que es lo que deberían ser siempre. Hombres superiores a mí que no lloran por amor.
Al final, volveré a creer en Dios.
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