Los desechados. El infierno de barrio infierno.
Nunca pude olvidar la expresión de Ronald Beliows cuando le comunicaron que se había convertido en un desechado. El miedo invadió su rostro hasta el punto que lo vi encanecer ante mis propios ojos. Lo juro.
Ronald tenía todos los pecados habidos y por haber a sus espaldas. Dicen que las cruces salían huyendo a su paso y que los virgos de las monjas estallaban si pasaba a menos de dos yardas de ellas.
Pero es que Ronald había tenido tiempo de hacer carrera.
A pesar de ello, nada dura eternamente y ahora debía pagar. Lucifer siempre invitaba a tres rondas antes de llevarse a un desechado. La primera por Dios, la segunda por la virgen, y la tercera por su cipote.
Pidió la primera.
- ¡Va por Dios! – Dijo levantando el vaso hacia arriba mientras sacaba una maloliente lengua negra y viperina. Unos enormes cuernos blanco marfil salían de unas protuberancias negras como el resto de su cuerpo, desnudo, que exhibía un enorme pene con un glande rojo y abultado. Su mano, con dedos largos rematados por largas uñas, se posó en el hombro de Ronald.
Ronald se meó encima dejando un charquito junto a la pernera izquierda del pantalón. Él cargaba hacia la izquierda.
Pidió la segunda.
- ¡Va por la Virgen!- Apenas un instante detuvo su copa en el aire, un instante en que detuvo toda maldad para mirar un recuerdo de algún pasado atormentado, quizás por una mujer. Puede ser que el recuerdo lo hiriera,- de cualquier forma- cogió por la pechera a Ronald y le arrancó el alma delante de todos, sin ningún pudor.
Pidió la tercera.
- ¡Va por mi cipote!. – Y cogiéndoselo por la base empezó a menearlo de forma amenazadora hasta acabar dando un golpe encima de la barra que sonó como un disparo. Todos nos quedamos esperando. Expectantes. Boquiabiertos.
Y un agujero negro como la noche se abrió a pies de Ronald y el Diablo, tragándoselos sin truco, sin cortinas. Sin compasión.
Ahora Ronald es un desechado, un sin alma pegado eternamente al sufrimiento en la ignorancia de saber si está vivo o si está muerto. Con el pelo cano y la cabeza agachada, pasa su tiempo mirando a un campo de flores muertas. De cielo gris.
Y penas eternas.









