La caja de zapatos. II
Posted by Charlie on Julio 3rd, 2008 filed in relatos
Encima del teléfono, como si mi vida fuera en ello, pegaba el auricular presionándolo hasta que la cera de mi oído empezó a adherirse al aparato. Y es que - la muy joía Soraya - insistía en hablar tan bajo que más que escucharla la adivinaba. Eso sí, aunque no entendía- digamos- el 67% de sus palabras, el restante 23 % era tan lascivo que me mantenía expectante.
Pasamos un buen rato dándole un vistazo a mi curriculum profesional, a lo que llevaba a confesiones menores de ella
- Yo voy al instituto, -decía- a lo que yo pensaba “¡coletas y faldita!”.
-Aún soy virgen, - narraba- y yo reflexionaba “de los tobillos pabajo eres tu virgen..”
Poco a poco mi oído se fue haciendo más y más fino, y es que el soldado español es adaptable por naturaleza, es el medio y no la persona quien desarrolla las habilidades. Así, las frases de Soraya fueron haciéndose más audibles, y con ello, una sorprendente intimidad hizo que, repentinamente, el cuartel desapareciera, después Melilla entera y más tarde sólo quedamos los dos en el mundo.
Tras unas risas cómplices pensé que el soldado español, el verdadero , artífice de gestas como la batalla de Bailén o la conquista de Granada haciendo llorar como una mujer al morito aquel.., debía tomar la iniciativa.
- ¿Sabes?, me haces más grata la guardia con tu compañía. ¿Te cuento una cosa?
- Dime , Juan Antonio - esa forma de pronunciar mi nombre me volvía loco - ¿Te gustaría que estuviera ahí contigo?
- Eres adivina, precisamente eso te iba a contar.
- Y dime, Juan Antonio - ay - si estuviera ahí contigo ¿qué te gustaría hacer conmigo?
- Te sentaría en mis rodillas.
- Mmm, ¿sí?, ¿sabes?, se me están poniendo los pezones duros.
- Pero antes te levantaría la falda, para que no se te arrugara.
- Estoy abierta de piernas, Juan Antonio, llevo unas minúsculas braguitas, si las rozo con mi dedo noto que empiezan a estar húmedas, es que son tan pequeñas, tan finas, que enseguida se empapan..
- Creo que te voy a bajar de las rodillas ya.
Risas.
- ¿Me vas a dejar de pie?
- No - en mi cabeza existía perfectamente la imagen - te voy a sentar en la mesa, frente a mí. Quédate con las piernas abiertas, voy a poner mis dos manos en tus muslos. Póntelas.
- Las tengo, Juan Antonio, me sudan.
- Tengo unas manos grandes, es fácil que mis pulgares rocen tu entrepierna. Pero solo la rozaré, lo justo para que los sientas cerca, levemente.
- Sí - un gemido - ¿qué más?
- Me voy a poner de pié despacio, lameré tu cuello sin apartar las manos de tus muslos, quiero metértela en la boca y ahogarte con ella.
- Hazlo - Soraya gemía provocadoramente, cosa que me encendía y animaba a ir más allá- méteme la lengua hasta el fondo,..ven.
- Mientras lo hago, voy a apartar tus braguitas. No te las quites, sólo ábrete un poco más.
- Estoy mojada Juan Antonio, muy mojada.
- Ahora quiero que te quites la camisa, ¿llevas sujetador?
- Si, rojo.
- No te lo quites.
El mundo, como digo, se había reducido a nosotros dos. La intimidad que habíamos creado nos permitía estar juntos sin estarlo. Nos reconocíamos a pasos agigantados, no sólo en nuestros deseos desbocados, la confianza nos abría paso a explorarnos más allá de la formalidad. De pronto, Soraya dejó de ser una calentorra que buscaba fiesta por teléfono. De forma casi mágica, Soraya empezó a ser una mujer. De carne. Y su voz, su fantástica voz llena de matices dejó de ser un arma de seducción, y se convirtió en parte de su personalidad.
Como deciros.
Buscando el sexo, encontré a una persona.
(continuará)

Julio 4th, 2008 at 11:57
Bueno, pues promete…Una llamadita que supone el comienzo de una historia de amor de dos solitarios; y no está mal, que empiece con el sexo ¿y telefónico?, bueno, cuando se encuentren estarán menos cortaos jeje.