De los retales de una vida,sale una canción,
y de los sueños rotos en el corazón
de ese amor perdido,del que no queda ya nada.
De las batallas perdidas,sale un ganador.
De las batallas ganadas,sale un perdedor.
De las sonrisas al viento,hay lágrimas derramadas.
Y los recuerdos al aire me besan la cara.
Sólo recuerdo lo bueno,de lo malo nada.
Aún queda tiempo pa´ el viento,vaya donde vaya,
y que me lleve volando,a tocar a otra guitarra.
De los grandes subidones,siempre hay un bajón.
De las grandes amistades,siempre hay un traidor.
De los acordes mayores, es el más grande y menor.
De las grandes ocasiones,alguna hay mejor.
De los grandes perdedores,hay un ganador.
De sí el mejor del equipo el latido del corazón.
Y los recuerdos al aire me besan la cara.
Sólo recuerdo lo bueno,de lo malo nada.
Aún queda tiempo pa´ el viento,vaya donde vaya,
y que me lleve volando,a tocar a otra guitarra.
Y los recuerdos al aire.
Sólo recuerdo lo bueno.
Aún queda tiempo pa´ el viento.
Y que me lleve volando,a tocar a otra guitarra.
Tras muchos años andando por aquel camino empedrado, duro y sin fin, me miré los pies. Estaban llagados, con heridas terribles y supuse que debía ser así. Es normal que sufran los pies con un camino tan árido y descuidado.
Un día me crucé en sentido contrario con alguien que andaba sin aparentar dolor. La única sombra existente en un árbol nos reunió bajo su copa. Descansábamos. Inevitablemente nos pusimos a conversar y le mostré mis pies llenos de heridas como muestra de lo duro del camino.
Sus pies, sin embargo, estaban impolutos.
Le pregunté.
El camino no tiene la culpa del estado de tus pies – me dijo- el camino no tiene vida y es como es, es tu forma de caminar la que hace daño a tus pies.
Me sentí avergonzado, pero la idea de poder andar sin sufrir era demasiado atractiva, así que conseguí tragarme mi orgullo y pregunté más.
Es sencillo, cuando me duele dejo de caminar. Descanso, y después sigo caminando. De esa forma no dejo que se abran heridas en mis pies, pues conozco que es más difícil caminar con los pies doloridos.
Esa respuesta no me convenció, eso lo sabía cualquiera. Así que recobré mi orgullo e intenté demostrarle que estaba equivocado.
Así tardarás mucho en recorrer el camino y quizás jamás llegues al final- le dije- y es muy importante llegar al final para poder descansar y curarte los pies. Piensa que cuando llegues al final jamás te dolerán los pies.
Él me miró – recuerdo que no me gustó su mirada- y me dijo.
Has de saber que éste camino es circular, no tiene principio ni fin.
Antón era un muchacho delgado y salido. Las mujeres eran su perdición pero no le importaba gran cosa, la verdad, él lo tenía asumido y consideraba que no era una mala forma de condenarse. Antón tenía una larga carrera en esto de las mujeres y ahora buscaba algo que decían que existía para la perdición del hombre. Buscaba a las sirenas.
Mitos y leyendas contadas en noches que ya buscaban la madrugada, cuando el alcohol ya no coge en el cuerpo y el humo de cigarrillos lo envuelve todo. Entonces hablaban los que podían hablar. Los demás escuchaban.
Fue en una de esas noches en las que alguien le habló de mí.
El buscador de sirenas.
….
- ¿Ves aquella mujer bailando?
- Si.
- Es una sirena
- ¿Por qué sabes que es una sirena?
- Porque no hay música y ella baila, a las sirenas no les hace falta música para bailar, la tienen en la cabeza y la escuchan continuamente, es por eso que anhelan pies para poder bailar esa música que escuchan desde su nacimiento.
- Entonces ¿siempre están bailando?
- No, para que bailen han de darse tres circunstancias : que rocen a alguien que las quiera, que la arena toque sus pies y que no haya sombras.
- ¿Y tú, por qué sabes tanto de sirenas?
- Una vez quise a una. Es una larga historia.
- ¿Y cómo acabó?
- ¿Por qué quieres saber cómo acabó?
- Me da miedo preguntar el resto, en serio.
- Bueno, te diré que ella no sabía que era una sirena. Después ella descubrió el mar, y nunca volví a verla.
- ¿Y por eso me has descubierto a aquella?
- Si.
- Y dime, ¿Es cierto que su canto es tan poderoso?
- Es irresistible, créeme.
- ¿Sabes?, no creo en las sirenas.
Al acercarse la mujer se gira y empieza a bailar usando la pierna del incrédulo como si una barra de strip le rozara la entrepierna, sus manos se apoyan en los hombros del muchacho y él acerca su boca intentando besarla…, la sirena sonrie lamiéndose un dedo que mete tímidamente en su boca. Después le coge la mano y dándose la vuelta tira de él saliendo del local.
Ya en la habitación se duchan juntos entre juegos y caricias, Antón nota que la piel de la chica no se moja, el agua rebota en ella como una pelota en la pared. Eso no es normal.
Follan hasta quedar exhaustos, una, dos, tres veces.., la chica es insaciable pero despide una sensualidad que hace imposible estar a su lado sin abalanzarse sobre ella. Antón se consume, suda por todos los poros de su piel mientras ella grita y se retuerce. Le pide que la azote y Antón la azota dando fuertes palmetazos en las nalgas que arrancan gestos de dolor y placer a la mujer.
Duermen, la chica abre un ojo y ve la pausada respiración del hombre con quien retozó esa noche. Abre los labios y un suave tono nace apenas susurrando de su garganta, le canta al hombre más allá de sus oídos. La melodía penetra en el cuerpo dormido de Antón para quedarse por siempre, para que pueda oírla por encima de todo.
Solo la sirena podrá liberarlo ahora, y aún cuando lo haga jamás podrá olvidarla. La sirena vuelve la cara y acurruca su cuerpo para dormir.
…
Cuando veo a Antón al día siguiente ha perdido cuatro kilos, tiene ojeras y está visiblemente cansado.
- ¿Una noche larga?
- Oye, ¿todas son así? – Antón busca algo donde sentarse y como no encuentra nada se sienta en la acera- No creo que pueda aguantar otra noche.
- Has de cuidarte, quítate de fumar, haz footing, bebe zumo, come carne, duerme bien. Hazte a la idea que te preparas para las olimpiadas.- Antón me mira no creyendo las palabras que salen de mi boca- ella son insaciables y te matará. Desde ahora has de vivir para ella, no puedes dejarla seguro que ya te ha cantado.
- ¿Cantado? – algo pasa en la mente de Antón en ese instante- la canción..
- ¿La escuchas eh?.
- Constantemente.
Las sirenas no se mojan y bailan sin música. Y poseen a los hombres para hacerlos sus esclavos hasta que un día deciden liberarlos. De esa forma algunos las sobreviven y pueden contar lo que parecen leyendas de campamento.
Si, parecen leyendas.
Que se lo digan a Antón.
Alguna vez se puede dejar de oír la canción de las sirenas, pero entonces te pasarás buscando esa canción el resto de tu vida.
Como yo.
Como de costumbre, el hombre del sombrero y mirada tenebrosa entró en el bar y se sentó en la mesa más apartada del comedor, la que quedaba oculta tras la columna que revestía uno de los pilares del local donde hacía treinta años mi padre servía comidas caseras.
Como de costumbre, y sin necesidad de palabra alguna mi padre me hizo un gesto con la cabeza, apremiándome. Yo me dirigí a la cocina y dejé una nota con la comanda que, como de costumbre, consistía en sopa de ajo de primero y un filete poco hecho con verduras de guarnición de segundo. Tras pinchar la nota en el clavo me dirigí a la barra y recogí una de las bandejas apiladas donde deposité el chato de vino que mi padre, sin mencionar palabra alguna, había servido y depositado frente a él.
También recogí el paño de limpiar dejado de forma casual junto al vaso. Dentro, como de costumbre, un sobre cerrado.
Mi padre, como de costumbre, limpiaba vasos con un paño similar al que yo transportaba sobre la bandeja en dirección a aquel hombre del sombrero y mirada tenebrosa. Su cara- la de mi padre- , aunque intentaba no mostrarlo, recogía una tensa mueca. Sus manos apretaban el vaso estrangulándolo conforme lo limpiaba.
Y yo, como de costumbre, sentía revolverse mis tripas de niña adolescente al sentir la desesperanza del hombre que más quería en el mundo.
Sabía que no debía preguntar, pero no hacía falta. La ronda del hombre del sombrero no se limitaba a nuestra casa de comidas y la gente hablaba. Muy calladamente, claro. Pero lo hacía. Fue entonces cuando me enteré de expresiones como “omertá” y cuando escuché aquella historia de Jacinto ” el zapatos”.
Jacinto pasaba una mala racha, su hija pequeña tenía leucemia y a su mujer le acababan de extirpar un pecho. Medio desquiciado por el dolor se enfrentó al hombre del sombrero que, como de costumbre, no dijo una sola palabra.
Cuentan que al día siguiente su mujer no tenía ningún pecho, su hija yacía muerta con decenas de agujas clavadas en su pequeño cuerpo y encontraron a Jacinto atado a una silla, vivo. Le habían cortado los párpados para obligarlo a mirar. Desquiciado, Jacinto acabó en un manicomio. Se hizo una colecta para el entierro de la niña.
Daba mucho miedo esa historia.
Daba mucha angustia ver a mi padre.
Serví el primer plato y llevé otro vaso de vino, el hombre del sombrero me miró sin disimulo las tetas, después me miró la cara, y cuando me volví sentí sus ojos clavados en mi culo.
Yo no me inmuté.
Nunca tomaba postre, se limitaba a levantarse, meter el sobre en el bolsillo de una chaqueta con coderas y salía del local sin decir una palabra.
Tras quitar el servicio, yo tenía la secreta costumbre de tirar platos y cubiertos a la basura.
Dicen que el odio es un sentimiento inacabable, profundo y tan poderoso como el amor.
Recuerdo aquella tarde que encontré a mi padre sobre la barra, tirado. Un infarto se lo llevó en silencio. Tuvo una buena muerte.
Cerré el bar una semana en señal de duelo. Todo el pueblo acudió al sepelio.
A la semana siguiente apareció el hombre del sombrero y se dirigió a la mesa tras la columna. Me dirigí a la barra y serví un chato de vino, mi cuerpo se contoneaba mientras me dirigía hacia aquella mesa. Deposité ante su atenta mirada el vaso y el paño. No me retiré.
El hombre del sombrero comprendió. Con una sola mano desenvolvió el paño y encontró dos sobres.
- Es por la semana pasada. Dije yo.
Su cara satisfecha volvió a concentrarse en los sobres, los abrió y extrajo su contenido. Empezó a contar, y cuando terminó de hacerlo encontró una nota doblada por la mitad. La desplegó y esa fue la única vez que oí palabras de su boca.
- ¿Fomare?
Yo me limité a sonreir de la forma más cautivadora que fui capaz, me volví y me alejé meneando exageradamente mis caderas.
Me dirigí a la puerta de atrás del bar y dejé entrar a una multitud que esperaba ansiosa. Portaban toda clase de objetos, hachas, azadas, cuerdas, ganchos de carnicero. Yo cogí la cuchara especial para vaciar los ojos de las cabezas de los corderos.
A las polillas les enseñan de pequeñas a amar la luz. Cada mañana, tras tomar los cereales las llevan a clase de “cómo ser polilla y feliz en la vida”. Cuando llega el día de la polilla, todas se reúnen celebrando a sus muertos, porque ellas creen que están vivos, pero no lo están, piensan que la luz se los tragó y los llevó a una especie de paraíso. ¡Pero qué va!
Están engañadas.
Los celebrados en el día de la polilla se achicharraron contra bombillas y tubos de neón sufriendo una muerte espantosa. Pero al estar la luz encendida no se ven los cadáveres, y la doctrina de la polilla lo dice bien claro: Si eres polilla, la luz. Y si no, pues haber nacido otra cosa. Y eso lo dejaba todo claro.
Las polillas tienen una corta vida, excepto el polillo Mac Maccurdan. Pero no por su fisiología sino por su arrojo.
El polillo Mac Maccurdan sabe que la luz mata y no se acerca a ella. Vive en el hueco de un árbol del parque, como no soporta la luz se esconde de día en el agujero y por la noche no sale por si ve una bombilla y le resulta irresistible, y se tira hacia ella.
Así lo veo yo.
Quizás lo malo que hagan las polillas sea alcanzar el sueño que persiguen, y ese sueño, la luz, las mata. Pero mientras están vivas, sueñan de noche y de día en el momento en que serán tragadas por esa luz. Y empeñan sus vidas en ello.
Un poco como los curas.
A lo mejor es que hay que tener sueños muy grandes. Para que no se acaben nunca.