la mamma
Primera estación.
Una capucha es como un túnel donde solo puedes ver al frente, concentra tu atención , por eso sé cuando he de levantarme. La fila empieza a moverse siempre por la cabeza y los cirios cobran vida en mano de sus penitentes. Levanto una rodilla después de haber calculado que cuando levante la otra, será cuando ese movimiento llegue – como una onda en un lago-a mi altura.
” Silvia, soy tu madre, cuéntamelo.
No lo entenderías mamá, no insistas por favor.
Sea lo que sea es malo para ti cariño, mírate. Ya nunca levantas la cabeza, siempre miras hacia el suelo. Tu tiempo se puede medir por las lágrimas que te veo derramar cuando crees que estás sola. Pero sobre todo están las marcas, he visto cicatrices en tu cuerpo que antes no existían. Soy tu madre Silvia. Yo haría cualquier cosa por ti. Eso es ser madre, cuéntamelo hija mía.
Soy feliz, madre”
La cruz se clava en mi hombro cuando la izo, siento como otro trozo de piel se desagarra. Mi vieja y cansada sangre empapa la túnica. Pero ese dolor no importa, se desvalora en comparación con el dolor que siento a renunciar a la salvación. Estoy aquí para condenarme. Siento que debo pedir perdón.
Segunda estación.
Mis pies se hinchan y me abren las heridas que el suelo infiere a mis suelas descalzas. Pienso que el pecado – para serlo – ha de pillarte desprevenida. Como aquella vez que me contestaste llena de rabia y odio. No pude reprimirme y te abofeteé. Pero lo peor no fue eso, por un momento quise que te murieras por ser tan desagradecida. Eso fue el pecado. Ese pensamiento me asaltó y se convirtió en dueño mío por unos segundos- sin poder evitarlo- y mi bofetada llevaba algo más que una reprimenda, llevaba un deseo escrito por el odio. Te he querido, te he cuidado, he renunciado a mi misma por ti, a mi vida, a mi futuro, todo mi tiempo lo he empleado en ti. Tú llevas todo lo que yo no he podido ser. Ni sentir. Ni disfrutar. Y he visto pasar la vida ante mis ojos viviendo para ti.
Pero si el pecado no te pilla desprevenido, y eliges pecar. Entonces es cuando te condenas.
“Es un hombre.
No, hija mía. Eso no es un hombre. Es un demonio.”
Tercera estación.
¿Elegir?.
” Has de dejarlo, hija mía, si no lo haces te matará. Ya te ha destruido. Sólo te queda la vida. Lo demás se lo ha llevado.
No puedo hacerlo mamá. Mi voluntad fue lo primero que se llevó”
Jesús fue mi consuelo, Dios mi salvador. Mi vida cobró un sentido nuevo cuando me volqué en Nuestro Señor. La vida eterna se tragaba mi frustración entera. Allí coge todo. El cielo es tan grande que se come todas las penas. Quise creer y creí. Y aún creo. Creo que existe un cielo donde ha de haber justicia, donde se recupera lo perdido y donde no deseas nada más. Tiene que haberlo.
Y ahora he de elegir el infierno.
No, ella no lo dejará.
Estación de metro.
” Éste es Luis, madre – estiro el brazo intentando que no se me acerque pero lo ignora y se me queda el brazo al aire – lo siento, pero Luis quiere llevarme a dar una vuelta en coche, te dije que era mala idea que vinieras”
El pitido de aviso de la llegada del convoy se traga las últimas palabras de Silvia, y es cuando doy un paso al frente y lo empujo a las vías. Su cara de sorpresa le deja la boca abierta, sus ojos se despiden rápidamente de la vida y el tren lo arrolla despedazándolo.
He elegido. He elegido lo que he podido.
Pero yo soy madre.












