
Jack está loco pero él aún no lo sabe, el ser humano es el único animal que es capaz de encontrar razones que justifiquen cualquier acto. Jack vio como su mujer se consumía en manos del alcohol, la pequeña y dulce Samantha. Ella escondía su alcohol entre botellas de lejía y desinfectante- y él la dejaba, por amor-, pronto se acostumbró a comer filetes endulzados con azúcar glas, a vestirse con camisas quemadas, a tropezar en el pasillo con la basura olvidada, pero es que él la quería. Samantha se consumió sentada sobre sueños imposibles en el sofá de tres plazas de su salón, con una camisa sucia sobre sus pechos de adolescente y unas braguitas de encaje.
La pequeña Dora no tiene suerte, su madre tiene tuberculosis y ha de estar acostada en una habitación que cuesta cinco dólares la noche. El “jefe” – como ella le llama-le ha hablado esta tarde.
- - Si haces lo que hacía tu madre podréis quedaros. Si no, os quiero mañana en la calle.
Dora se pregunta qué es lo que hacía su madre en la habitación cuando subía con los clientes y la mandaba abajo, al bar. A Dora le gusta ponerse al fondo de la barra, bajo el perchero. Los largos gabanes vuelcan su sombra en esa esquina y puede observar sin ser vista. Juega a un curioso juego. Ella adivina las vidas de los bebedores que se sientan solos a olvidar y perderse del mundo.
“Como el negro de la gabardina, que engaña a todo su pueblo con cartas mensuales que manda a África contándoles que necesita dinero para llegar a alcalde de Pennsylvania y que cuando lo consiga, regalará casas y trabajo a todos los de la tribu. E incluso podrán volar en un avión que él les enviará para el gran viaje. Sólo necesita un poco más de dinero. Y otra copa”
“O el tipo de la camisa quemada, que busca a su hija desde hace siete largos años por todos los bares del barrio y aún no la ha encontrado. No la encuentra porque no coinciden, siempre que pregunta por ella a los barman obtiene la misma respuesta – acaba de marcharse -y entonces se toma una copa que le de fuerzas para ir al siguiente tugurio.”
Jack va pasando por las mesas vertiendo veneno en las copas momentáneamente olvidadas de los clientes. Algunos están tan borrachos que puede escanciar el mortal líquido delante de sus narices y aún así lo tragan. Es un poderoso veneno, actúa en pocos minutos mandando fiambres al cielo a una velocidad vertiginosa. No se debe beber.
“El jefe” hace tratos en la trastienda. Se ha corrido la voz de que tiene una virgen en el club y eso vale mucho dinero. Una virgen se puede vender muchas veces, el dicho de que siempre hay una primera vez para todo cobra un sentido económico desproporcionado cuando se vende a una niña. Los clientes quieren ver la mercancía antes de seguir pujando por esas primeras veces.
- - Traed a Dora, mirad debajo del perchero.
Jack acepta beber con el barman que no para de contar que es su cumpleaños, incluso se lo cuenta al matón del jefe cuando viene a por una botella para el reservado. Hay mucha confusión cuando se llevan a una niña que se resiste, la arrastran. También hay veneno para todos.
Dora entra en el reservado y se queda de pie debajo de una bombilla amarilla de cuarenta vatios, da una luz muy pobre y le queda encima de la cabeza. Ella no puede ver al grupo que se pasa la botella con los ojos fijos en su cuerpecito de niña. El jefe también bebe, todos beben. Alguien dice de ofrecerle un trago a la chica, pero el jefe dice.
- - ¿Estáis locos?, es sólo una niña.
Jack abandona el tugurio dirigiéndose hacia las sombras de la calle, se siente bien, satisfecho de haber cumplido con su deber en otro garito. Aún quedan muchos, pero él los recorrerá todos esta noche.
Cuando pasa un rato largo Dora se mueve. No recibe ninguna reprimenda. Así que se mueve más. Decide salir de esa habitación que le da tanto miedo y se dirige hacia el perchero. Hay gente tirada en el suelo y sobre las mesas. El negro de la gabardina duerme encima de la barra, junto al barman. Todo el mundo está dormido.
“Había una vez un bar, donde la gente tomaba su última copa antes de morir. El bar era de una niña que cuidaba de su madre, y le iba bien. A la gente le da miedo la muerte y prefieren irse con una copa en lo alto. Una vez vino un ángel a morir y pidió whisky. Como no tenía dinero le concedió a la niña un único deseo a cambio de su copa. La niña le pidió que curara a su madre”
Esta noche es navidad.