carta de ajuste
Camino a dos metros de mí, sin poder alcanzarme. Subo la cuesta tras mis propios pasos hasta que aterrizo en cualquier bar, con cualquier excusa. La barra está habitada por seres sencillos que hablan de sencillas cosas, el tabaco que nos mata, el fútbol que nos entretiene, la vida que es cara, o cuando nos venga la muerte.
Hago mi isla rodeado de un acogedor periódico por todas partes.
Y desaparezco de la faz de la tierra.
Tras la puerta empieza de nuevo el silencio, un combate de NO señales, de NO gestos y palabras vacías que se empeñan en sostener la normalidad que- sin embargo – se despeña irremediablemente en ausencias, fintas y monosílabos.
Ahora solo queda el cuerpo.
Entended.
…
Mi abuelo respiraba con dificultad y de forma muy sonora, cada inspiración le sonaba y estremecía metiéndole a la fuerza una vida como un corcho a una botella empezada, se aferraba a la vida en cada bocanada que amenazaba con ser la última. Sentado en un sillón, asistía en platea a la extinción. Al no más.
Y llegó la última, después simplemente no hubo más.
Me levanté y lo miré. Tenía la boca abierta, los ojos abiertos. Yo pensaba que en realidad, apenas a unos segundos de esa última bocanada, aún estaba vivo. Su cerebro vivía. Seguramente me estaría mirando con esos ojos sin vida y pensaría algo como – ayúdame, me ahogo, no puedo respirar – pero no podía hacer nada.
Dejé pasar los minutos encerrado en esa habitación con él. Miré el reloj.
A los diez minutos su cerebro debía haber muerto ya por la falta de oxigeno. Le cerré los ojos y quedó como durmiendo. Ahora solo existía el cuerpo, la cáscara. Lo sabía. Pero era muy parecido a once minutos antes, cuando aún vivía. La única diferencia es que yo sabía que estaba muerto.
…
Ahora solo queda el cuerpo.
La televisión, la mesa, la lámpara, la bombilla fundida del fondo del pasillo. Siendo lo mismo, no es lo mismo. Sólo es el cuerpo. El alma no está. Ya no me hablan mis cosas.
Ahora solo se despiden.





Resulta que todos esos colores de la carta de ajuste, se emitían para que uno sintonizara su televisor correctamente. Cada aparato de televisión tenía dos rueditas una para el UHF y otra para el VHF, y había que moverlas manualmente aguantando ruiditos de todas clases hasta que por fín, mágicamente, la imagen se volvía nítida y el ruido de fondo desaparecía.
Había veces que llegabas al final de la banda y no encontrabas una imagen nítida.
Y había que volver a empezar.
Y a todo esto, no sé pa que te suelto todo ese rollo, si ahora todo es automático.
Ahora no hace falta ni darle al botón. La tele se autosintoniza sola.
Da miedo
¿No?
¿Palomitas?
Nunca es sola del todo, ha de ser que quieras hacerlo, que puedas (es decir que encuentres el mando), y encima que te dejen.
Yo pienso que la tele debería venir con 25 mandos cada una, eso sería la paz mundial seguro.
Palomitas con azucar por favor.
Con azucar no tengo. No me gusta el azucar.
mira que salá
Era odiosa la carta de ajuste. Era tan aburrida…más aún que la nieve de la pantalla.Pero no tanto como el plus codificado.