entre silencios

2009.03.30

silencios

En los silencios que cogen entre dos palabras,

abarca el abismo sus largos brazos

callando palabras que hacen daño

que murieron en el silencio, abandonadas.

El verso es triste, cuando baña una herida

y got

e

a

sangre,

una,

que es la mía.

Hoy maté dos palabras, entre letras dormidas

que decían “te siento”, y en el sentir, yo te sentía

callar palabras.

Que entre silencios,

dormían.

Categories : poesia

R h +

2009.03.28

soberbia

Cabe un mundo en una conversación, siempre es estimulante el desprecio aún cuando es sutil y no puedo evitar una sonrisa maligna en mi rostro cuando pienso en lo bueno que se cree y en el sacacorchos que usas cuando hablas con él intentando arrastrarlo a…

- Me dejaste, ¿porqué?, yo no lo merecía. Eres un cerdo, o al menos te portaste como tal. Pídeme excusas, confiesa que yo fui alguien en tu vida.
- Ni pienso, cariño. Yo soy el ombligo de mi mundo y pienso seguir clavando palos en esa cerca que me protege de todo. Mi mundo es mi habitación, y debe seguir así, porque si no fuera de esa forma, descubriría que soy tan mortal como mi portero, o tú, o lo que es peor, como la mayoría. Y eso no puede ser, porque YO he de ser distinto, mejor.

La vida es un juego para valientes, osados, -y en ocasiones- para inconscientes o desesperados.

Literatura…sí. Eso es decir..

El humo del cigarrillo formaba volutas que se desplomaban en nubes desesperadas deshaciendo los perfectos círculos de donde nacieron para morir en avalanchas informes a los pies de un tacón tan afilado que hasta las baldosas gemían a su paso.
Quizás el juego cambió de escenario, sorprendiendo a propios y extraños. Las frases alcanzaron su punto álgido cuando se miraron a los ojos y tras el insulto quedó el cariño, después vino la rabia, y el último se marchó sin despedirse…
Quizás un adiós era demasiado para ese último encuentro que no abordó un final.

Ja!

No creo en dioses que usan zapatos para caminar y dedos para escribir, solo la suma egolatría de creerse distintos reflotan un alma podrida y pobre, solo el afán de creerse mejor soporta una vida que se arrastra hasta el infierno más terrible que existe. El anonimato de un ego hinchado artificialmente.

Sin embargo, hay cosas que relucen y dan cabida a la esperanza.

La belleza puede estar en una “coma”, que parezca un suspiro.

En un espacio, que caiga al vacío.

En una letra, una palabra, una frase o un libro,

en resumen,

Brilla el talento a pesar de sus vidas, con amaneceres tempranos y tardes que no terminan.

Categories : Flashes

mutación

2009.03.22

zapato

Es primavera, un día de esos en que estás contento y te sientes afortunado de vivir, tras ir a nadar ayer, todo fue mejor de pronto. Flotaba cuando me dirigía al coche para ir a tomar las mejores albóndigas de la ciudad y escalope con patatas de segundo. Recuerdo que miré los zapatos como agradeciéndoles lo cómodos que eran, ¡y qué limpios!.
Por la noche sigo mi método para comprobar la vida media de un calcetín en el pié, primero los miro, el aspecto es esencial, rayas negras y azules de mar mediterráneo -pienso en el buen gusto que he tenido al elegir esos calcetines, quizás sea un síntoma de madurez-, y después los huelo hundiendo mi nariz hasta el fondo, para que no haya dudas -sí, aún me aguantan la semana. Pienso.
Hoy, en mi intención de redondear una mañana igual de espléndida, decido repetir la rutina de nadar, comer y disfrutar.
Cuando llego al mostrador para que me piquen el ticket, la funcionaria está rellenando un test a un tío de unos cincuenta años.
- ¿Nombre? -la concentración de la empleada del estado es máxima.
- Cristóbal Romero Gómez -Cristóbal Romero Gómez, repite ella escribiéndolo con una caligrafía redondeada.
- Mañana a las doce menos cuarto se acerca por aquí con un informe médico, una radiografía de la columna reciente y otra tamaño carnet -su mirada escruta cualquier indicio en el rostro de Cristóbal Romero Gómez que le haga descubrir que su solicitud para pagar la mitad por prescripción médica es falsa. Pero el presunto defraudador, o es un profesional, o dice la verdad. Su rostro no se ha conmovido.
El susodicho se retira y es mi turno.
- Hola – digo, y le extiendo mi pase de diez baños -. La funcionaria me pica el ticket y me lo devuelve. Yo giro cuarenta y tres grados y medio y me dirijo a la puerta que baja a los vestuarios, entonces ocurre.
- Perdone, ¿usted no vino ayer?.- Me detengo, siempre es agradable que te reconozcan.
- Pues sí. Vine -la verdad es que estoy emocionado.
- Verá -me explica mientras siento su mirada escrutándome tal y como antes escrutaba a Cristóbal Romero Gómez-, ayer hubo una confusión. Un muchacho nos avisó que le habían cogido sus zapatos, por lo visto los había dejado junto a otros exactamente iguales y del mismo número.
- No me diga -zapatos, confusión- pero qué cosas pasan, y dígame ¿Cómo se fue sin zapatos a su casa?.
- En chanclas, las que había traído para nadar. Mire -la funcionaria se levanta y revuelve la taquilla que queda a sus espaldas. Saca unos zapatos. Saca mis zapatos. Y mis calcetines.-. Estos eran del señor que se llevó los otros. Los dejó aquí por si viene de nuevo.
Mi cara amenaza con sudar. ¡Coño! -pienso-, con razón no me sonaban los calcetines.
- El chico que los dejó dijo que él no estaba dispuesto a ponerse los calcetines y los zapatos de otro tío. Bueno, eso es normal, yo creo que eso no lo haría nadie sabiéndolo, ¿no cree?.
- Noooo, claro. Eso no lo haría nadie -bajo los ojos ante la funcionaria del estado que sigue escrutándome-, lo siento no puedo ayudarla. Bajo mi mochila hasta la altura de los zapatos y me dirijo a la puerta de los vestuarios andando como una geisha. La funcionaria me mira de reojo a los zapatos, y yo me pongo zambo, ando a la pata coja y salvo la escasa distancia que me hace invisible de tobillos hacia abajo ante la despiadada mirada de esa trabajadora del gobierno.
El vestuario está a rebosar, así que me meto en una de las cabinas privadas a cambiarme. Guardo los zapatos y calcetines en la mochila para que nadie pueda verlos y me voy a nadar. Cuando salgo, lo hago a la velocidad de la luz y la funcionaria apenas me oye la “s” del adiós que le tiro. Estoy a salvo, contento como un niño con zapatos nuevos.

Realmente -tengo que decir-, no son iguales los zapatos aunque lo parezcan. Los que llevo puestos son mucho más cómodos.
Y los calcetines más bonitos.

Categories : sucedidos

princesa

2009.03.20

En los rizos que mi mano, incansable, agitan

sacándote hacia fuera, para poder verte,

se enganchan tus palabras, sencillas, terribles

..”quédate”..

busco tus ojos para escapar de ellos,

incapaz de sostenerte la mirada

que me dice “te quiero”..;

Niña que eres niña, deseando ser mujer,

niña que eres aire, que respiro

niña que eres risa,

niña..

Hoy desperté contigo, y tu voz aún me hablaba

soñábamos en un cuento juntos

uno que inventé y tú escuchabas,

haciendo pequeño el mundo

achuchándonos con esas palabras.

Sé que tu amor me quiere,

también que tu querer se me escapa

Sé que- de noche- me piensas

y sé que cuando te pienso, me vienen las lágrimas.

para tí, princesa.

 

 

Categories : poesia

El cristal

2009.03.18

cristalventa

 

No me había fijado en los sucios que estaban los cristales, o quizás sí. Pero juro que no se me había pasado por la cabeza limpiarlos y eso que me gusta mirar a través de ellos. La madrugada es una vista espléndida desde mi salón de alquiler, si pones el disco adecuado- los punteos de guitarra de “telegraph road”, por ejemplo- la mañana te saluda amable en comunión con tus pensamientos y el humo de un cigarrillo, sientes paz.
No me gusta ocuparme de lo accesorio, me distrae. Quizás sea esa la razón.
A pesar de ello, después de leer por enésima vez un pensamiento escurrido de los que se te queda pegado al alma me he levantado, he buscado un producto de color azul, una bayeta y me he dispuesto a limpiar los cristales. He pensado que no debe ser muy difícil – soy consciente de mis limitaciones como soltero – en resumidas cuentas debe tratarse de echar producto y frotar. Sí, eso debo ser capaz de hacerlo.
Me pongo a limpiar la cara de dentro – sí que había mierda, sí..,-y todo va bien, me pregunto si la madrugada será más bella ahora que puedo verla sin la nebulosa que bañaba el cristal. Seguro que sí. Yo me animo con facilidad, y pronto me empecino en dejar los cristales perfectos. Descorro la hoja del balcón y salgo a la terraza, sigo frotando sumido en una vista que es espectacular en mi imaginación. No llego al solape de las hojas del balcón y las descorro para seguir limpiando.
click.
Maldita sea.
Parezco un luchador extraño con la bayeta en una mano y el limpiacristales en la otra, miro las hojas cerradas mientras empiezo a notar el frío de la mañana encerrado en mi terraza. Sabía que ocurriría algo. Joder. Pero si sólo iba a limpiar las ventanas, total, era cuestión de cuatro minutos y seguiría con mi vida igual pero con las ventanas limpias-mejor, ¿no?, ¡pues no!- ahora llegaré tarde al trabajo mientras averiguo como coño salir de mi terraza.
Intento desencajar la hoja de la ventana, pero necesitaría un cuchillo o algo plano, busco detrás echando un vistazo a la terraza tratando de encontrar cualquier cosa que me sirva. Nada, solo suciedad. Muchas suciedades distintas. Hay una manguera que podría servir para limpiar el suelo que tiene una apreciable capa de polvo.
Una mierda voy a limpiar.
Me asomo a una estructura metálica que el propietario apila en una de las esquinas del patio, da al de al lado. Me subo en el poyete del murete que circunvala la terraza buscando otra salida, existe otro patio pero la casa está vacía, al frente no hay patio pero por lo menos hay 25 metros de caída. No hay otra salida.
Salto a la terraza de la casa vecina y me asomo al balcón. No se ve a nadie, pero la luz del pasillo está encendida.
Ejem.
Llamo con los nudillos por el cristal, nada. Insisto un poco más fuerte. Espero. Trato de imaginar la reacción del que venga. Por fin alguien cruza por el salón con la vista fija en algún objeto que va a buscar. Tiene prisa, se nota, claro, es la hora de salir a trabajar- mierda, voy a llegar tarde- me pongo a hacerle aspavientos para que repare en mí, es una mujer, se me queda mirando sin entender, echa un vistazo a su alrededor como confirmando que está en su casa, me mira de nuevo y se lleva la mano a la boca, después sale corriendo al pasillo gritando.
Genial-pienso- ahora es cuando va a por su marido que aparece con una escopeta y me pega siete tiros.
Dos cabecitas asoman por la puerta del pasillo, son dos críos. Me miran con la boca abierta. Yo los saludo efusivamente con la mano. Y ellos me devuelven el saludo, pero sin efusiones, lentamente, asombrados.
Pues vaya plan.
Por fin entra el marido como un tropel en el salón y empieza a pegarme voces.
- ¡Qué hace usted ahí!, ¿Cómo ha entrado?, ¡!está allanando mi morada!! ¡!!voy a llamar a la policía ahora mismo!!! – pienso que como a este tío le dé una embolia me podrían acusar de homicidio involuntario.
- Tranquilo hombre- mis manos adoptan la postura de paz universal- ha sido por limpiar unos cristales, me he quedado encerrado y no se me ha ocurrido otra forma de salir. Ábrame por favor, mis intenciones son buenas.
Al final me invitan a un café y atienden mis tribulaciones. Todo termina en unas risas y me voy a mi casa, afortunadamente estaba vestido y tengo las llaves de la puerta en mi bolsillo.
O debiera tenerlas…

Categories : sucedidos

cuervos

2009.03.04

ventana

 

El único momento que no puedes elegir es el de nacer. 

Llueve, y las gotas se ahorcan en las ramas desnudas de los árboles, de vez en cuando una corneja grazna rompiendo el silencio bañado en agua de lluvia y el sonido se queda inmóvil hasta que su eco desaparece, no hay respuesta más que el húmedo y callado repiqueteo de la lluvia. Suceden tres o cuatro gañidos, de pronto, el grajo se lanza pesadamente al aire batiendo sus alas muy deprisa desafiando las agujas de agua que lo hieren y mojan con certera puntería. Su volar termina en el quicio de un pequeño tragaluz de una enorme casa de piedra que forma parte del paisaje, se arrebuja bajo el dintel del tragaluz y queda mirando a través del sucio vidrio, observa su interior y gañe de nuevo.

En el interior de la habitación pobremente iluminada por la escasa luz que logra atravesar el opaco del cristal, un hombre arrastra una pesada mesa de madera que sitúa bajo una viga vista de madera de roble, la viga comba, los años le pesan, igual que al hombre. Ambos son infinitamente viejos.

Los días son todos iguales desde hace demasiado, el tiempo, la soledad, la espera, un círculo demasiado cerrado para poder escapar.

El hombre intenta calcular con la vista la verticalidad de la mesa y la viga, no queda satisfecho y da un empujón que apenas mueve la mesa un par de centímetros, se detiene, observa, y rectifica de nuevo la mesa dando un leve tirón. Conforme al fin, apoya ambas manos fijando la vista en las muescas que hablan de la vida de la mesa, cortes de cuchillo casi todo, alguna imperecedera mancha, filos irregularmente desgatados.

Sí.

La cuerda está sobre una silla exquisitamente enrollada.

La viga, la mesa, el hombre.

La cuerda. 

Un sentimiento que le sorprende agita su interior, una emoción. Por fin.

Aún queda algo. 

Sube las escaleras abandonando la habitación, abre y cierra puertas atravesando la enorme casa de piedra que ya forma parte del paisaje, se dirige hacia un dormitorio, entra, todo está oscuro, se detiene hasta que sus ojos se acostumbran a la tenue luz que la puerta recién abierta deja pasar, atraviesa la habitación y se dirige hacia el armario del dormitorio, gira la llave de hierro, lo abre. El olor es fuerte, pero su pituitaria lleva dormida demasiado tiempo a causa del tabaco y el aguardiente, introduce su mano que roza la tela de varios vestidos, los acaricia, repite el movimiento.

Una lágrima furtiva escapa a su control y su voz emite un susurro, un nombre. 

 Sus pies abandonan el filo de la mesa y caen al vacío. 

El grajo gañe de nuevo y abandona el resguardo del hueco del tragaluz, lleva un alma sobre sus húmedas alas que lo hacen volar en altibajos, soporta el peso con resignación pues sabe cual es su cometido, su responsabilidad, para lo que ha nacido. Vuela a través del cercano pueblo en dirección a una antigua iglesia, las viejas de luto se santiguan y desvían su mirada del cuervo al verlo pasar. En un apreciable esfuerzo el ave consigue izar su vuelo subiendo hasta lo alto del campanario y se posa en la jamba sin cristal que ilumina el cuarto de campanas. Descansa un momento mientras gotas de agua resbalan por su plumaje, agita las alas que se desprenden de su carga y emite un atronador gañido que retumba en la habitación.

Las campanas doblan a muerto. 

Muy lejos, niños mueren de hambre haciendo que cada minuto sangre. Un minuto, un niño. En otra parte, enfermos largamente encamados emiten su último suspiro perdiendo una lucha desigual contra la enfermedad. Las balas atraviesan cuerpos temerosos llenos de vida. 

No hay elección posible cuando la muerte elige. 

La puerta del armario permanece abierta, y un olor dulzón invade la casa que forma parte del paisaje, sobre la mesa llena de heridas, un cadáver baila lentamente el lento baile de la muerte, una nota sin sobre para no hacer perder el tiempo mancha de blanco el ocre de la madera. 

La muerte no arroja sombra sobre el suelo de la habitación cuando penetra, observa el vaivén del cuerpo vacío con gesto contrariado. No es la primera vez, pero no logra acostumbrarse a que se le adelanten, recoge la nota cuando repara en el olor que lo invade todo, le hace recordar, no es la primera vez que visita esa casa que forma parte del paisaje, fue hace años, se llevó a una joven mujer.

Sí. 

Lee la nota y su rostro se vuelve blanco, es para ella. 

Dice. 

Que te jodan.

Categories : relatos