
La oscuridad del rellano de mi piso era una isla entre todas las demás luces de la escalera, luces por debajo y por arriba, pero no en mi rellano. Rebusqué el mechero soltando las bolsas de la frugal compra que esa tarde había hecho y me ayudé de su tenue luz para introducir el llavín en la cerradura. Qué coñazo! -Pensé, harto de repetir esa operación que ya duraba demasiado- acto seguido encendí la luz de mi hall de entrada que iluminó en avanzadilla el triste y desolado rellano. La casualidad o el destino había hecho que el presidente de la comunidad viviera justo en la puerta de enfrente haciéndonos compatriotas y convecinos de esa oscuridad maldita.
Al segundo timbre la puerta se abrió, y a la luz de mi hall se asomó la consorte del presidente.
- Buenas noches Sra. Cárdenas, ¿Está mejor su marido?
- Pues no. Hoy ha venido de nuevo el médico y le ha prorrogado el reposo.
¿Hay prórrogas de reposo?
- Bueno, pues ya lo siento. ¿Y cree usted que su marido, como presidente de la comunidad, podrá poner la bombilla al rellano antes de que ocurra una desgracia y nos caigamos escaleras abajo algún día?
- Lo siento pero está de baja, así que si quiere yo le doy la bombilla y la pone usted.
Esa era la solución fácil, digo más -ahora que lo pienso- era la solución lógica. Pero nunca me ha gustado que se aprovechen de mí y trabajar gratis. En ese orden.
–Pero Sra. Cárdenas, usted sabe perfectamente que los estatutos de la comunidad indican en su apartado c) del punto 3 “que el mantenimiento de la comunidad será responsabilidad del presidente de la comunidad que, bien con el pecunio a su disposición, bien de su propia iniciativa lo hará efectivo.
–Sí, sí, ya sé. Pues en ese caso tendrá que esperar a que sane.
- Ya. Bien. Y digo yo que usted, como presidenta en funciones ¿no podría acometer tal acción?
- Eso es cosa de hombres.
- Pero Sra. Cárdenas eso es poco razonable. En el siglo XXI en que vivimos la igualdad de sexos es un hecho.
- Mire vecino, yo tengo 87 años. Y si cree usted que me voy a subir a una silla, quitar la tulipa y cambiar la bombilla con el riesgo de que me caiga y me rompa la cadera, va usted listo. Lo dicho, mi oferta es que yo le proporciono la bombilla y usted pone la mano de obra. Y si no está conforme, pues tendrá que esperar a que mi marido sane.
Y me cerró la puerta.
Yo estaba realmente escandalizado por tal actitud. Desde luego, no se elige ni a la familia ni a los vecinos de uno, eso va en la suerte. Y yo -estaba claro, clarísimo- había tenido una pésima suerte al dar con gente tan poco razonable. Pero esto no iba a quedar así.
El bloque, dado que su hueco de escalera era muy estrecho, no tenía elevador. Lo cual obligaba a pasar andando por ese desierto de negrura.
Lo cual me decidió a urdir un plan encaminado a conseguir un propósito tan justo y ambicioso como hacer que el presidente -o su consorte- cumpliera los estatutos y colocaran la bombilla que haría que la normalidad volviera a nuestras vidas. O, por lo menos, a la mía.
Esperé pacientemente a que la noche ocultara mis actos, y a eso de las tres de la mañana salí con una pequeña linternita y un destornillador al rellano. Con habilidad pasmosa quité el cajetín del punto de luz que accionaba el interruptor de la lámpara inoperativa y pelé los cables. Los junté sin llegar a unirlos y me introduje de nuevo en mi piso que es como un castillo para el hombre.
Y esperé los resultados.
Cuando salí al día siguiente me encontré a Roberto -del quinto A- electrocutado tirado sobre el rellano. Acto seguido me dirigí a la puerta de mi convecino y presidente y llamé.
- Buenos días Sra. Cárdenas.
-Qué pesao es usted.
- Le llamo su atención sobre este vecino que ve usted tirado en el rellano.
-!Dios mío!, pero ¿no es D. Roberto del quinto A?
-Era, Sra. Cárdenas. Su pulso ya no late.
- Voy a llamar a una ambulancia.
La comunidad se quedó un poco huérfana sin D. Roberto, al que enterraron con sentimiento y dolor. Por supuesto hubo una investigación, tanto de la policía como intramuros, pero todo apuntó a un acto fortuito. El hecho de que no existiera punto de luz se achacó al normal deterioro de las instalaciones de la comunidad, y cierto es, que hacía ya tanto tiempo que no había luz en ese rellano, que nadie recordaba la última vez que ese punto de luz -ahora desaparecido- fue visto.
La policía colocó una vistosa cinta adhesiva fosforescente para que se viera en la oscuridad con el objeto de que nadie volviera a meter los dedos en el enchufe y así acabó la cosa. O sea, fundamentalmente a oscuras.
Pero yo no me iba a dar por vencido tan fácilmente. Así que urdí otro plan, no sin antes preguntar a la Sra. Cárdenas por el estado de salud de nuestro líder.
–Prorrogado. Me dijo ella.
Armado con la misma linterna e idéntico destornillador, me dejé envolver de nuevo por el anonimato de lo intempestivo de la madrugada y solté los tornillos de la baranda del hueco de escalera en su tramo horizontal del rellano. De nuevo me armé de paciencia en la confianza de que lo perseguido era de justicia y que al final, el bien triunfaría sobre el mal.
Y esperé resultados.
Esta vez fue Doña Remigia del sexto izquierda quien se precipitó al vacío enredada con la baranda. Ni los bomberos pudieron separar el amasijo de vísceras e hierro de fundición que el enorme porrazo provocó. Las enterraron juntas.
Después de las subsiguientes investigaciones de rigor, la policía trajo más cinta fosforescente para suplir la carestía de baranda horizontal en el que -cruelmente- los vecinos habían bautizado como el rellano de la muerte.
-Buenos días Sra. Cárdenas, ¿cómo sigue su marido?
-Agoniza, vecino.
-Pero esto es el colmo Sra. Cárdenas.
-La vida, vecino.
Plan tras plan, lo entierros se siguieron sucediendo y -lógicamente- la comunidad fue quedándose vacía del cuarto hacia arriba. Solo los afortunados iluminados que vivían por debajo del rellano de la muerte sobrevivían a la cadena de fatales accidentes que yo -en mis oscuras y solitarias madrugadas- provocaba con habilidad e imaginación.
Una mañana de sábado, al salir para comprar el pan me encontré a nuestro presidente subido en una silla cambiando la bombilla.
-!Señor Cárdenas!, me alegro que esté usted mejor. Veo que cambia la bombilla tal y como establecen los estatutos.
- Pues sí, claro.
- No hay como las cosas por su sitio, ¿no cree usted?
- Pues sí, claro.
- Da gusto con gente razonable ¿me permite usted una indiscreción?
-Pues sí, claro.
- Creo que tiene usted una paciencia sin límites al vivir con su señora. Entiéndame por favor, su señora de usted es una persona agradabilísima y se ve a la legua que lo ama, pero entre hombres, ¿no cree que es un poco…rígida?
-Pues sí, claro.
-Lo dicho Sr. Cárdenas, un gusto verle cumpliendo con su obligación.
Finalmente, la paciencia y salud de hierro de nuestro presidente dieron luz a nuestras vidas de nuevo. Confieso que aprendí una lección de tal evento, y es que lo que no consigue la tenacidad, lo hace la paciencia.