Escribir es fácil

Escribir es fácil, yo lo hago a todas horas, escribo informes para el despacho y os aseguro que en momentos de inspiración, que me pillan trabajando, claro, algunos de esos dictámenes sesudos, exactos y certeros son pura literatura. ¿Creéis que exagero?
Una vez tuve que dictaminar si un rayo había o no alcanzado un transformador de alta, lo cual quiere decir algo muy técnico que es mejor no explicar, pues esa magia que rodea al conocimiento desde la ignorancia es la base, y el alimento, de todo técnico. La cuestión es que en un caluroso día de agosto giré la oportuna visita para comprobar el estado del transformador. Más de cuarenta grados hacía. Parapetado tras mi aire acondicionado me dirigí al campo, donde vivía el transformador antes de ser calcinado por, supuestamente, un maléfico rayo.
Tras las oportunas observaciones de mis expertos ojos a los que no se les escapa nada técnico, mi dictamen fue implacable.
“Nada de rayo, el transformador se ha quemado de muerte natural. Baso mi dictamen en la edad, cincuenta años, el estado de conservación, una ruina, en los apósitos perlados que impregnan los cartuchos de los fusibles con ligeros tonos anaranjados tirando a verdosos por las aristas, señal inequívoca de una combustión lenta con temperaturas inferiores a la de fusión del cobre y porque lleva sin haber tormenta desde hace dos años.”
Implacable.
Muchos son los momentos en que las letras, esas enemigas acérrimas cuando se trata de escribir relatos para certámenes, me han acompañado en mis viajes laborales haciendo de ellos aventuras quijotescas sin igual.
Fue un día que no sé si hacía calor o frío, la verdad, cuando el caso más extraño que ha pasado por mi despacho de técnico pluscuamperfecto llegó a mi mesa. Desordenada. Característica que siempre la ha definido perfectamente. Como digo, nada hacía sospechar que esa mañana el destino iba a ponerme a prueba con.., otro transformador.
No es que la electricidad haya sido una de mis pasiones de juventud, ahora que lo pienso, mis preferencias pasionales iban dirigidos por otros derroteros bien distintos y que no es muy difícil imaginar. Pero la electricidad, se ve, era mi verdadera vocación seguramente frustrada por el espantoso profesor que tuve en la Universidad, un tipo con un gaznate prodigioso, capaz de hipnotizarte con su glotis mientras la movía como un reloj subyugante, solo que verticalmente. Los alumnos, sobre todo los pelotas que se sentaban en primera fila, caían en un sopor fulminante. Ni os digo lo que ocurría con los de las filas de en medio. Y yo que me sentaba en la última acabé sacando la conclusión de que la corriente alterna era la de los pobres.
Pero el destino es así, como sea. Y esa mañana —como explico— me dirigí a comprobar la razón de que saltaran los fusibles en un transformador que, en esta ocasión, vivía en la sierra. Desde hacía semanas, cada amanecer, los chalets habitados de la zona se quedaban sin luz, con la consiguiente molestia de no poder preparar tostadas, ni café, ni ducharse después de hacer el amor por parte de los convecinos que empezaban a estar a esas alturas, más que molestos, cabreados.
Con determinación me fui hacia el despacho del técnico que había realizado la reparación en cada una de las ocasiones y que, suponía con perspicacia, estaría hasta los huevos de subir a la sierra todos los días. Después de los saludos y espera pertinentes me hizo pasar a su despacho un afable hombre entrado ya en edad que me expuso la factura de su trabajo.
—¡Setecientas mil pesetas en fusibles! —no pude sino exclamar cuando me enseñó el boletín. Confieso que en mi primera impresión pensé que estaba ante un chorizo que ríete tú de los de Cantimpalo. Pero el aspecto de abuelo de Heidi, lo amable de su conversación y sus ojos desesperados terminaron por convencerme.
—Es la primera vez en cuarenta años —comenzó a explicarme el abuelo de Heidi— que tengo un caso similar. Hemos subido todos los días durante dos semanas tras el correspondiente aviso del presidente de la línea que alimenta la zona. Hemos cambiado veintiocho fusibles en total, hemos medido la tensión, correcta, no ha habido tormentas en la zona desde hace meses, hemos revisado siete veces la toma de tierra…, en fin, nada. No hemos podido descubrir lo que provoca que salten los fusibles. La gente se nos echa encima, somos los técnicos de mantenimiento de la línea y empiezan a creer que no sabemos lo que tenemos entre manos. No puedo permitírmelo. Por eso hemos decidido contratar a un técnico cualificado. Usted.
—Yo.
—Sí, usted.
Algunas veces entran muchas ganas de salir corriendo.
Nos montamos en el Land Rover y nos fuimos a ver el transformador que estaba a dos horas de camino. Durante el mismo, el abuelo de Heidi me contó complicadas teorías que había elucubrado para solventar la cuestión, pero invariablemente, ante mi entusiasmo por llevar a cabo cualquiera de ellas que me sacara de tal aprieto, venía siempre una pega que él mismo también había elucubrado y que imposibilitaba su inicial propuesta. Yo estaba cayendo en una profunda depresión cuando, por fin, llegamos al lugar donde el misterioso hecho acontecía.
Bajé del coche con alivio y seguí al buen hombre por un sendero que nos condujo al pié de la torre donde descansaba lo que —pensaba yo entonces— se iba a convertir en mi pesadilla. Al llegar él se paró a pocos metros y me dejó pasar. Yo comprendí que me estaba dando la alternativa, así que me puse la montera y salí a la plaza.
Me dirigí decidido a la torre, me paré y la observé con saña. La rodeé conservando la distancia de seguridad no fuera a ser que diera calambre y cuando llegué a su espalda la observé con saña.
—Mmmm —dije.
—¡ Qué! —exclamó él.
—Todo normal. Es un transformador normal. Dictaminé yo.
—¡ Ah!, pero entonces ¿por qué saltan los fusibles?
Me retiré sin contestar sumido en una profunda reflexión dirigida hacia un agujero negro que eran mis pensamientos, practicando algo que con habilidad he perfeccionado con el tiempo. La puesta en escena de un técnico. Un verdadero técnico tiene cientos de datos en la cabeza que le dan vueltas como los planetas al sol. Por ello necesita tiempo para clasificarlos. De ahí la profunda reflexión. Un verdadero técnico es como un yogui en éxtasis cuando realiza dicha labor, su concentración es tal que se aísla de este mísero mundo que Dios nuestro señor, con ayuda de Zapatero, nos ha puesto como prueba terrenal antes de ir a disfrutar de las huríes que nos esperan en el más allá. De ahí que no le contestara.
Pasado ese instante se me ocurrió algo.
—Mañana por la mañana, antes de amanecer. Nos venimos los dos aquí y esperamos a ver qué pasa.
—Buena idea —dijo el abuelo de Heidi.
—Por supuesto —dije yo.
Y así lo hicimos. Quedamos citados a las cuatro de la mañana y repetimos el viaje entre bostezos y una amena conversación. Nos sentíamos partícipes de una aventura encaminada a descubrir un misterio de la naturaleza. Su pundonor y mi cara dura se hermanaron en un objetivo común y eso creaba una atmósfera vital dentro del Land Rover que ya no era un Land Rover, era el barco de Magallanes antes de doblar el cabo de los infiernos, el trineo de Admunsen antes de conquistar el polo, el mono de Marco antes de ir a por su madre.
Llegamos de noche cerrada y nos desplegamos en silencio. Hablábamos bajito, y no nos pusimos a reptar porque él se negó. Rodeamos al transformador que no advirtió nuestra presencia y nos dispusimos a esperar sentados tras unos matorrales desde donde teníamos una buena visual. Mi compañero sacó un termo de café.
—¿bss bss bss? —me susurró alcanzándome una taza de aluminio.
—¿Qué? —dije yo bajito— Ah, sí —dije al ver la taza.
—¿bss bss bss? —volvió a espetar el abuelo de Heidi, pero esta vez no me mostró nada.
—¿El qué? —pregunté sin atreverme a alzar la voz.
—¿Qué? —entendí claramente que me decía.
Joder, pensé yo.
En esas estábamos cuando un ruido ensordecedor tapó nuestro silencio y acabó con nuestros susurros. Ambos nos quedamos petrificados ante tal violación inesperada que apabullaba la paz del monte y sorprendía nuestra vigilancia. Nos limitamos a esperar que el cielo cayera sobre nuestras cabezas en ese momento cuando los vimos. Cientos, miles de estorninos formaban una clara nube viva que sombreaban el albor de la mañana aún tímida, se dirigían a la línea que terminaban en nuestro transformador. El fresco de la mañana hacía que buscaran el calor de la línea y se posaban en una hilera interminable en los vanos que formaban el cableado. Su piar ensordecedor aumentó en escasos segundos conforme iban llegando y posándose en los cables.
Asombrados, nos levantamos al unísono para contemplar el grandioso espectáculo. Al hacerlo, los estorninos se asustaron y en sincronía levantaron el vuelo como si de un solo animal se tratase. Los cables cimbrearon y se tocaron. Del transformador saltaron chispas por el cortocircuito.
Fue un espectáculo de luces y sonido.
Abrazados, festejamos la resolución del misterio. Los estorninos. Ellos eran la causa de que se fuera la luz. Habíamos conquistado nuestro polo.
Así que ya sabéis. Si tenéis problemas de electricidad. Me podéis consultar cuando queráis.
El técnico.



