del terapeuta al dentista

Según mi terapeuta debía encontrar un nuevo significado a la estulticia diaria de mi vida.
—Solo se vive una vez, hijo —me llamaba hijo para romper la barrera de la desconfianza— hazte paracaidista o boina verde, conviértete en seductor, tatúate el cuerpo y vive un año en la selva, ¡pero haz algo!
Reflexioné. Tenía bastante barriga para ser boina verde, en cuanto a lo de la selva, la verdad, no me veía yo en esas, así que opté por convertirme en seductor.
Siempre había relacionado seducir con impetrar, y claro, así me iba, ya me quedaba poco para volver a ser virgen —estaba convencido de ello—.Decidido a ser el nuevo Casanova del siglo XXI me apunté a un cursillo por correspondencia.
La primera lección fue la última a la postre, recuerdo que como conclusión al capítulo uno “lo que quieren las mujeres”, decía: “el buen seductor ha de recordar los atávicos impulsos que otrora fueron motor de las más desatadas pasiones, sed directos, y aunque os encontréis con un NO como respuesta no os dejéis engañar, esa negación esconde un SI desesperado”.
En el ascensor del trabajo coincidí con mi admirada Virtudes, traje de chaqueta, pechos comedidos y gafas de diseño. Entró poco después de mi y eso la situó delante, yo la observaba como a una presa, su inclinación de cadera me provocaba y despertaba esos instintos tan atávicos que llevamos dentro. Recordé los doscientos euros que me había gastado en la matrícula del curso y di un paso adelante juntando nuestras pelvis. Le susurré “te voy a follar hasta hacerte sangre, doña Virtudes” —añadí—.La bofetada me saltó un puente.
Intenté convencerla que eso era lo que ella buscaba pero no hubo manera, así que tiré el curso a la basura y me fui al dentista.
(300 palabras)












