2010.03.04

¿Más café, Sr. Wheendorf? —Elsa, la camarera, espera contestación con la cafetera en vilo. Lleva un mandilón blanco impoluto aún por lo temprano de la mañana y luce una sonrisa recién estrenada. La cofia, demasiado pequeña para su cabellera, se agarra al pelo con cuatro horquillas hábilmente colocadas. El Sr. Wheendorf, que tiene una edad indefinida entre cincuenta y pocos y sesenta y muchos, la mira y parece reflexionar sobre la pregunta. No contesta. Elsa se impacienta y hace un ademán con la cafetera provocando que un par de gotas salpiquen sobre el mandilón. Su cara pierde la sonrisa y se estira para retirarse molesta por haberse ensuciado. —Sí, gracias. Tomaré media taza más de ese estupendo café tuyo Elsa. Perdona, estaba distraído. ¿Te has manchado?, cuanto lo siento. Ha sido culpa mía. —Elsa sirve el café embelesada por las palabras del hombre que agradece de forma inmediata con otra sonrisa aunque, en esta ocasión, de segunda mano. Un humo denso surge desde el fondo de la taza conforme el negro líquido es vertido, Elsa asoma la cabeza al interior de la taza intentando calcular el nivel del líquido, se detiene —un poco más Elsa—. Elsa escancia un escaso chorrito que termina con un gesto satisfecho del hombre. —Muchas gracias—. Elsa se retira sacudiéndose con la mano las dos manchas de café en su mandilón mientras sostiene la cafetera con la otra mano. Está algo disgustada.
La escena ha durado exactamente dos minutos.
Durante ese tiempo, dos hombres han entrado en el local haciendo tintinear la campanilla de la puerta. Se han dirigido a la barra y se han sentado en dos taburetes. Uno de ellos, el alto con gabán beige y sombrero de ala, ha cogido la breve carta de dos hojas mientras terminaba de acoplarse a su asiento en un decidido movimiento. El otro, el del bigote, se entretiene mirando el local haciéndose una idea de su composición. Al no encontrar nada interesante mira a su compañero que está concentrado en la carta. Este,con un leve cabeceo negativo mientras lee murmura algo disgustado.
A miles de kilómetros de allí, justo dos minutos antes que ocurran ambas escenas; una sonda de cinco kilómetros de longitud golpea el subsuelo terrestre en su búsqueda incesante de petróleo. Cada impulso hace que penetre aproximádamente un metro hacia el fondo de la tierra. De pronto se detiene. Las alarmas empiezan a gemir en la base situada sobre una plataforma en algún lugar del Océano Pacífico. La ha detenido una losa del tamaño de Europa que impide su avance. El ingeniero jefe pulsa el botón para que el sonido de la alarma se detenga y deje de castigar sus oídos. Disgustado, deja la lectura que hasta ese momento le absorvía. La sonda se detiene continuamente al encontrar ese tipo de dificultades en su avance. Él sabe qué hacer. Mira los gráficos del fondo durante treinta segundos y decide que esta vez se va a saltar el protocolo de seguridad que impide darle al botón rojo para que la sonda siga horadando con un empuje extra que rompa el obstáculo que la detuvo. Eso ahorrará mucho tiempo y dinero, y él podrá seguir con su lectura. Lo hace. Cincuenta segundos después, justo cuando Elsa empieza a verter café en la taza del Sr. Wheendorf, la sonda empuja la losa, una grieta se abre como una cremallera dividiéndola en dos hasta que su propio peso la parte. Un enorme estruendo envuelve al ingeniero jefe que comprende que ha metido la pata. Una falla subterránea cede por el peso de la losa al depositarse sobre el fondo y hace que se deslice la plataforma continental de Asia; y en quince segundos, justo el tiempo que tarda el hombre alto con gabán en murmurar algo con gesto contrariado, se produce el mayor terremoto de la historia de la humanidad que acabará primero con el continente y más tarde con la vida en la tierra.
Los gestos de disgusto se generalizan.
2010.02.03
¿Jugamos a monopoli?, la escena tenía su gracia. El estaba en calzoncillos blancos, de los de huevera, demasiado grandes teniendo en cuenta lo fláccido de su miembro. Sentado sobre la cama ella no sabía de dónde había aparecido el juego que le ofrecía con entusiasmo. Ella vestía poco más que un hilo dental en su entrepierna, y desde luego, no podía considerarse el uniforme idóneo para tan sesudo juego.
—Bueno —contestó ella— pero deberíamos poner reglas.
—¿Reglas? —preguntó a su vez él— pero si las reglas ya están puestas.
—Pero podemos cambiarlas, no me gustan las reglas como están.
—Bueno, ¿y qué reglas quieres cambiar?
—Si tú pasas por una propiedad mía, aparte de pagarme deberás hacerme un favor sexual, el primero lo elegirás tú, el segundo lo elegiré yo, pero siempre con una condición.
—¿Cuál? —dijo él mientras su huevera quedaba más rellena a ojos vista.
—No puedes correrte, yo sí, porque son mis propiedades, pero tú no.
—¡Ah!, claro —cedió él. Abrumado se puso el monopoli en la huevera que a esas alturas se le quedaba claramente pequeña. Lo cual demuestra lo difícil que es hacer ropa interior para los hombres, no hay forma.
—¿Y tus reglas? —preguntó ella destapando el juego mientras él sujetaba firmemente la caja como si fuera un bastión.
—¿Las mías? —se puso colorado sin poder contenerse— bueno, supongo que las mismas que las tuyas ¿no?
—O sea que cada vez que caiga en una propiedad te pago y te hago un favor sexual, pero no puedo correrme y tu sí, ¿es eso?
—Mujer, cada vez…,
—Pues defínete, las reglas han de ser claras. ¿Te corres o no te corres?
—Me corro, me corro.
—¿Ves? no es tan difícil. Ahora las penalizaciones.
—Pe..pe..pe..
—¡Claro!, si no me pagas puedo darte crédito hasta un máximo del diez por ciento del efectivo en mi poder, si no me corro cuando me hagas un favor sexual entonces te quedas un turno sin jugar, si te corres cuando no debas entonces me tienes que dar la mitad de tu efectivo.
—Pe..pe..pe..pero, pero..
—¿Pero?
—Oye.
—¿Qué?
—¿Y si follamos?
—Desde luego —dijo ella apartando el monopoli— es que todos buscáis lo mismo.
2010.02.02

Escribir es fácil, yo lo hago a todas horas, escribo informes para el despacho y os aseguro que en momentos de inspiración, que me pillan trabajando, claro, algunos de esos dictámenes sesudos, exactos y certeros son pura literatura. ¿Creéis que exagero?
Una vez tuve que dictaminar si un rayo había o no alcanzado un transformador de alta, lo cual quiere decir algo muy técnico que es mejor no explicar, pues esa magia que rodea al conocimiento desde la ignorancia es la base, y el alimento, de todo técnico. La cuestión es que en un caluroso día de agosto giré la oportuna visita para comprobar el estado del transformador. Más de cuarenta grados hacía. Parapetado tras mi aire acondicionado me dirigí al campo, donde vivía el transformador antes de ser calcinado por, supuestamente, un maléfico rayo.
Tras las oportunas observaciones de mis expertos ojos a los que no se les escapa nada técnico, mi dictamen fue implacable.
“Nada de rayo, el transformador se ha quemado de muerte natural. Baso mi dictamen en la edad, cincuenta años, el estado de conservación, una ruina, en los apósitos perlados que impregnan los cartuchos de los fusibles con ligeros tonos anaranjados tirando a verdosos por las aristas, señal inequívoca de una combustión lenta con temperaturas inferiores a la de fusión del cobre y porque lleva sin haber tormenta desde hace dos años.”
Implacable.
Muchos son los momentos en que las letras, esas enemigas acérrimas cuando se trata de escribir relatos para certámenes, me han acompañado en mis viajes laborales haciendo de ellos aventuras quijotescas sin igual.
Fue un día que no sé si hacía calor o frío, la verdad, cuando el caso más extraño que ha pasado por mi despacho de técnico pluscuamperfecto llegó a mi mesa. Desordenada. Característica que siempre la ha definido perfectamente. Como digo, nada hacía sospechar que esa mañana el destino iba a ponerme a prueba con.., otro transformador.
No es que la electricidad haya sido una de mis pasiones de juventud, ahora que lo pienso, mis preferencias pasionales iban dirigidos por otros derroteros bien distintos y que no es muy difícil imaginar. Pero la electricidad, se ve, era mi verdadera vocación seguramente frustrada por el espantoso profesor que tuve en la Universidad, un tipo con un gaznate prodigioso, capaz de hipnotizarte con su glotis mientras la movía como un reloj subyugante, solo que verticalmente. Los alumnos, sobre todo los pelotas que se sentaban en primera fila, caían en un sopor fulminante. Ni os digo lo que ocurría con los de las filas de en medio. Y yo que me sentaba en la última acabé sacando la conclusión de que la corriente alterna era la de los pobres.
Pero el destino es así, como sea. Y esa mañana —como explico— me dirigí a comprobar la razón de que saltaran los fusibles en un transformador que, en esta ocasión, vivía en la sierra. Desde hacía semanas, cada amanecer, los chalets habitados de la zona se quedaban sin luz, con la consiguiente molestia de no poder preparar tostadas, ni café, ni ducharse después de hacer el amor por parte de los convecinos que empezaban a estar a esas alturas, más que molestos, cabreados.
Con determinación me fui hacia el despacho del técnico que había realizado la reparación en cada una de las ocasiones y que, suponía con perspicacia, estaría hasta los huevos de subir a la sierra todos los días. Después de los saludos y espera pertinentes me hizo pasar a su despacho un afable hombre entrado ya en edad que me expuso la factura de su trabajo.
—¡Setecientas mil pesetas en fusibles! —no pude sino exclamar cuando me enseñó el boletín. Confieso que en mi primera impresión pensé que estaba ante un chorizo que ríete tú de los de Cantimpalo. Pero el aspecto de abuelo de Heidi, lo amable de su conversación y sus ojos desesperados terminaron por convencerme.
—Es la primera vez en cuarenta años —comenzó a explicarme el abuelo de Heidi— que tengo un caso similar. Hemos subido todos los días durante dos semanas tras el correspondiente aviso del presidente de la línea que alimenta la zona. Hemos cambiado veintiocho fusibles en total, hemos medido la tensión, correcta, no ha habido tormentas en la zona desde hace meses, hemos revisado siete veces la toma de tierra…, en fin, nada. No hemos podido descubrir lo que provoca que salten los fusibles. La gente se nos echa encima, somos los técnicos de mantenimiento de la línea y empiezan a creer que no sabemos lo que tenemos entre manos. No puedo permitírmelo. Por eso hemos decidido contratar a un técnico cualificado. Usted.
—Yo.
—Sí, usted.
Algunas veces entran muchas ganas de salir corriendo.
Nos montamos en el Land Rover y nos fuimos a ver el transformador que estaba a dos horas de camino. Durante el mismo, el abuelo de Heidi me contó complicadas teorías que había elucubrado para solventar la cuestión, pero invariablemente, ante mi entusiasmo por llevar a cabo cualquiera de ellas que me sacara de tal aprieto, venía siempre una pega que él mismo también había elucubrado y que imposibilitaba su inicial propuesta. Yo estaba cayendo en una profunda depresión cuando, por fin, llegamos al lugar donde el misterioso hecho acontecía.
Bajé del coche con alivio y seguí al buen hombre por un sendero que nos condujo al pié de la torre donde descansaba lo que —pensaba yo entonces— se iba a convertir en mi pesadilla. Al llegar él se paró a pocos metros y me dejó pasar. Yo comprendí que me estaba dando la alternativa, así que me puse la montera y salí a la plaza.
Me dirigí decidido a la torre, me paré y la observé con saña. La rodeé conservando la distancia de seguridad no fuera a ser que diera calambre y cuando llegué a su espalda la observé con saña.
—Mmmm —dije.
—¡ Qué! —exclamó él.
—Todo normal. Es un transformador normal. Dictaminé yo.
—¡ Ah!, pero entonces ¿por qué saltan los fusibles?
Me retiré sin contestar sumido en una profunda reflexión dirigida hacia un agujero negro que eran mis pensamientos, practicando algo que con habilidad he perfeccionado con el tiempo. La puesta en escena de un técnico. Un verdadero técnico tiene cientos de datos en la cabeza que le dan vueltas como los planetas al sol. Por ello necesita tiempo para clasificarlos. De ahí la profunda reflexión. Un verdadero técnico es como un yogui en éxtasis cuando realiza dicha labor, su concentración es tal que se aísla de este mísero mundo que Dios nuestro señor, con ayuda de Zapatero, nos ha puesto como prueba terrenal antes de ir a disfrutar de las huríes que nos esperan en el más allá. De ahí que no le contestara.
Pasado ese instante se me ocurrió algo.
—Mañana por la mañana, antes de amanecer. Nos venimos los dos aquí y esperamos a ver qué pasa.
—Buena idea —dijo el abuelo de Heidi.
—Por supuesto —dije yo.
Y así lo hicimos. Quedamos citados a las cuatro de la mañana y repetimos el viaje entre bostezos y una amena conversación. Nos sentíamos partícipes de una aventura encaminada a descubrir un misterio de la naturaleza. Su pundonor y mi cara dura se hermanaron en un objetivo común y eso creaba una atmósfera vital dentro del Land Rover que ya no era un Land Rover, era el barco de Magallanes antes de doblar el cabo de los infiernos, el trineo de Admunsen antes de conquistar el polo, el mono de Marco antes de ir a por su madre.
Llegamos de noche cerrada y nos desplegamos en silencio. Hablábamos bajito, y no nos pusimos a reptar porque él se negó. Rodeamos al transformador que no advirtió nuestra presencia y nos dispusimos a esperar sentados tras unos matorrales desde donde teníamos una buena visual. Mi compañero sacó un termo de café.
—¿bss bss bss? —me susurró alcanzándome una taza de aluminio.
—¿Qué? —dije yo bajito— Ah, sí —dije al ver la taza.
—¿bss bss bss? —volvió a espetar el abuelo de Heidi, pero esta vez no me mostró nada.
—¿El qué? —pregunté sin atreverme a alzar la voz.
—¿Qué? —entendí claramente que me decía.
Joder, pensé yo.
En esas estábamos cuando un ruido ensordecedor tapó nuestro silencio y acabó con nuestros susurros. Ambos nos quedamos petrificados ante tal violación inesperada que apabullaba la paz del monte y sorprendía nuestra vigilancia. Nos limitamos a esperar que el cielo cayera sobre nuestras cabezas en ese momento cuando los vimos. Cientos, miles de estorninos formaban una clara nube viva que sombreaban el albor de la mañana aún tímida, se dirigían a la línea que terminaban en nuestro transformador. El fresco de la mañana hacía que buscaran el calor de la línea y se posaban en una hilera interminable en los vanos que formaban el cableado. Su piar ensordecedor aumentó en escasos segundos conforme iban llegando y posándose en los cables.
Asombrados, nos levantamos al unísono para contemplar el grandioso espectáculo. Al hacerlo, los estorninos se asustaron y en sincronía levantaron el vuelo como si de un solo animal se tratase. Los cables cimbrearon y se tocaron. Del transformador saltaron chispas por el cortocircuito.
Fue un espectáculo de luces y sonido.
Abrazados, festejamos la resolución del misterio. Los estorninos. Ellos eran la causa de que se fuera la luz. Habíamos conquistado nuestro polo.
Así que ya sabéis. Si tenéis problemas de electricidad. Me podéis consultar cuando queráis.
El técnico.
2010.01.05

A los Reyes Magos.
Realmente ya debiera haberme dado una pista vuestros comienzos. Sí. La verdad es que regalarle a un niño de pecho: oro, incienso y mirra, debiera haberme preparado para la decepción. ¿Qué queríais que hiciera el niño con eso? ¿Carreras?
La verdad es que creo que fue un soborno para los padres, un poquito de oro para tapar agujeros, algo de mirra para trapichear, lo que se me escapa es lo del incienso. Para mí que uno de los tres no había caído en eso de los regalos y le dio lo primero que encontró. A lo peor lo robó de una iglesia.
Lo que sí es cierto es que fue toda una declaración de intenciones por vuestra parte. Ahora que lo pienso. Y a pesar de eso, bien que me la habéis metido año sí y año también.
Sí, lo digo por el Escaléxtrix.
Por eso.
So cab,..
Diez años me pasé pidiendo el dichoso juego, partiéndome la cara con los infieles que negaban vuestra existencia, llorando amargamente cada mañana de Reyes al ver que NO había Excaléxtrix encima de mi cama. Y siempre pensaba. El año que viene.
Pero no. El Excalextrix siempre se acababa antes de llegar a mi calle, según explicaciones de mis progenitores. Y yo empecé a tener fervientes deseos de mudarme, pero claro ¿Cómo iba a pedir una casa nueva sin os atrancabais en un Excaléxtrix?
Ahora ya soy mayor y hace tiempo que no me parto la boca defendiendo vuestra existencia. Ahora, cuando llegan estas fechas, lo único que me hace ilusión es la cabalgata. Espero y espero durante las horas que haga falta y al final venís con vuestra sonrisa escondida detrás de una enorme barba tupida como un bosque de malas hierbas, arrojáis caramelos y yo me transformo a cuando tenía nueve años. Cojo los caramelos y os lo devuelvo con saña. Alguna vez os he acertado, y cuando miráis doloridos buscando el autor del prodigioso y dañino lanzamiento, yo miro al primer niño que veo y le digo “pero los caramelos son para ti, no se los devuelvas que ellos tienen muchos..”
Eso, por lo del Escalextrix.
2009.10.14

Dolores le fue puesto por su abuela, Dolores Vargas, y lejos de ser un nombre se convirtió en un propósito. Nacida última en la camada su destino se vio adherido al de su madre a quien ayudaba a envejecer siendo bastón, criada y jamás hija. Su madre nunca la llamó por su nombre, siendo su condición —gitana— más que una raza, un estigma dentro del estigma.
—Gitana —le repetía constantemente— has de conservarte virgen, pues cuando yo muera habrás de casarte y ser madre de tus hijos, como yo lo soy tuya. Pero si no sangras en la primera noche que duermas con tu marido, serás repudiada, y contigo, nosotros. Recuérdalo gitana, y honra tu cuerpo.
Dolores pasó su infancia calentando agua y frotando ropas, llegó a olvidar su nombre, e incluso su rostro, pues nunca hubo espejos en donde mirarse. Cenicienta sin zapato, fue enclaustrada por quien lejos de poseer corazón alguno, atesoraba los miedos de la vejez como una posesión.
—Gitana yo te di la vida —la decía a esa tierna edad donde las palabras te marcan el destino— y yo te la puedo quitar. Has de enterrarme con lágrimas verdaderas, pues eres lo que eres gracias a mí. Págame lo que me debes por parirte con dolor y cuando muera, pon velas cada día de santos para que el infierno no se me lleve.
En su primera regla vio un castigo divino y corrió al bosque asustada huyendo de las palabras que su mente ya formaba en boca de su madre. Algo debía haber incumplido, quizás la hogaza de pan que hurtó por hambre. Quizás cuando se tocó y sintió placer. Su madre tenía razón y esa era la prueba. La azotaría hasta desollarle la piel, como aquella vez que se quemó y derramó la olla.
Se acurrucó al abrazo de unas raíces de un olmo y le venció el sueño. Una voz le despertó.
—Tú debes ser mi prima —Dolores abrió los ojos y se enamoró aún sin saber lo que era el amor— soy Damián, el de María “la cascanueces”. Te pareces a tu madre, dicen que también era muy guapa de joven.
— ¿También? —Dijo Dolores sentándose sobre una raíz gruesa como un muslo— ¿te parezco guapa?
Dolores se asomó ese alba a la vida, y como por ensalmo la mañana se convirtió en luz, los olores en aromas y la sangre en deseo. Volvió muchas veces a ese árbol, pues el invierno obligaba a permanecer acampados al grupo. Y allí siempre estaba Damián. Esperándola.
—Gitana, has de saber que me han pedido tu mano. Te casarás con Paulo, eres afortunada. Es el hermano del patriarca. Serás princesa.
— ¡Pero madre! —Dolores apenas levantó la voz, pero su madre la miró como si el mundo se fuera a acabar en ese instante.
— ¿Cómo te atreves a protestar? —Una vara de atizar apareció en su mano como arte de magia— mala hija, zorra estéril, mereces mil muertes terribles por gritar a tu madre —golpes y golpes terminaron por hablar— será la semana que viene, y da gracias que alguien está dispuesto a cuidar de ti, no mereces ni la sopa que te doy.
Tras saltar la escoba Dolores fue vestida con un ligero camisón blanco. Paulo, la esperaba dentro de un carromato bellamente engalanado.
—No has de quejarte aunque te duela —le susurró su madre mientras miraba la dote calculando— terminará enseguida, no se le conoce mujer y ya tiene sesenta años, no ha de ser un buen amante. Tú limítate a abrirte de piernas. Mañana, cuando despunte, nos acercaremos tus tías y yo para recoger la sábana manchada, después serás de él.
—Madre, estoy asustada —dijo con toda la dulzura que fue capaz.
—Que no se te note —dijo retirándose— y no te olvides de gemir.
La sábana estaba inmaculada a la mañana siguiente. Los fuegos, aún encendidos, daban calor a los diferentes grupos que murmuraban observando el blanco del paño. Paulo miraba con odio a Dolores que se escondía en un gesto compungido.
La madre no pudo soportar la afrenta. Muerta. Se negaba a cerrar unos ojos que destilaban un vivo odio.
Las viejas hablaron.
—No guardaste tu intimidad Dolores. Paulo te repudia y con ello te abandona. El alma de tu madre vagará sin rumbo atormentada, hoy has destrozado tu vida y deberás marcharte. No te queremos entre nosotros.
Dolores miró a su madre muerta y deseó que se la comieran los cuervos. Sintiendo una libertad que la arrolló habló en voz alta.
—Paulo miente.
Nadie respondió, nadie entendía.
—Soy virgen aún, yací con Paulo, y él se metió dentro de mí. Pero él no puede repudiarme, soy yo quien renuncio a él.
Las viejas se acercaron pidiendo más explicaciones, Dolores siguió hablando a sus oídos no permitiendo que nadie más que aquel montón de viejas, escuchara lo que tenía que decir. Las viejas se llevaron las manos a la boca, al principio incrédulas, pero la insistencia de Dolores era firme.
La mayor se dirigió a Paulo y se fueron al carromato. Al cabo de unos instantes salió y besó a Dolores, acto seguido mandó salir al hombre. Iba sin pantalones con una mano escondiendo sus vergüenzas.
—Quita la mano —ordenó con autoridad la octogenaria— Paulo lo hizo dejando a la vista un minúsculo pene, tan pequeño que apenas se veía.
Dolores fue absuelta.
Fueron las mismas viejas quienes hicieron de plañideras en el entierro de la madre de Dolores. La sangre ausente dejó velado su secreto que enterró junto a su madre, pues nadie se preguntó cómo sabía que el pene de aquel hombre era anormalmente pequeño.
Dolores no derramó ninguna lágrima en el entierro de su madre, ni falsa, ni verdadera, pues había aprendido que toda mentira esconde una verdad, y que hay verdades por las que merece la pena mentir.
2009.10.05

No más sonó la sirena que anunciaba el recreo, el colegio pareció despertar a la vida, decenas de envoltorios de bocadillos empezaron a deshacerse. Olía a chorizo y a chopped por los pasillos, un griterío enorme era retroalimentado cada vez que un aula se abría y escupía a los pequeños reclusos.
Sebastián daba matemáticas y se entretenía guardando lápices y cuadernos de forma cansina en su mesa, alzó la cabeza y vio los pupitres vacíos, se asombraba de la velocidad que eran capaces sus alumnos de adquirir cuando sonaba la sirena. Pensó en ponerles ese ejemplo cuando explicara la velocidad de la luz. Sí, sería un buen ejemplo. Aislado en sus pensamientos atravesó la puerta del aula hacia el pasillo. Un silencio atronador lo asustó de veras.
Nada. Nadie.
Se dio la vuelta con la esperanza de que todo hubiera sido un error, de que sus percepciones se hubieran cortocircuitado por un instante, aún detenido en el movimiento del giro esperaba que cuando éste finalizase encontrara esa normalidad que nos abriga y protege.
Nada, nadie.
¿Pero dónde estaban todos? ¿Por qué no se oía a nadie?
Fue abriendo aulas comprobando que todas y cada una estaban vacías, abría puertas en un impulso asustado, pasaba de una a otra mientras la desesperación se iba apoderando de él, no entendía nada. Empezó a correr, se dirigió hacia el aula de profesores, la abrió.
Nada.
Nadie.
Descolgó el auricular del teléfono, no había línea. Gritó. Abandonó su cartera, hasta ahora asida con fuerza, y se dirigió a la calle, solo sus pasos en carrera violaban aquel molesto silencio, lucía el sol a través de los ventanucos, pero la luz traía consigo un aire misterioso que lejos de tranquilizarlo le intimidaba. Dobló hacia su derecha en plena carrera, sus zapatos resbalaron y se vio haciendo aspavientos con las manos para no caer, apoyó la mano en la pared y consiguió enderezarse, corrió pasillo adelante, faltaba poco, solo un giro más. Pasó por delante de la jefatura de estudios y vio algo. Intentó frenar patinando, el resbaladizo suelo le detuvo ocho metros después. Se dio la vuelta y sintió un fuerte golpe en su cara, perdió el sentido.
Abrió los ojos y enseguida reparó en ello, estaba atado y amordazado con las manos en la espalda, forcejeó, pero las ataduras eran sólidas. Levantó la vista y comprobó que estaba en el salón de actos, el enorme reloj que presidía el escenario de la estancia marcaba las once y veinte. Se sorprendió de que solo hubieran transcurrido veinte minutos desde la sirena del recreo. Había más gente alrededor suya, reconoció la falda y zapatos de Virtudes, la profesora de lengua, estaba tirada a continuación, también vio a Serafín, el de historia, Mario, el de latín, todos estaban atados. No podía ser. Esto no podía estar pasando. Virtudes se movió y dejó a la vista buena partes de sus piernas, le incomodó mirar.
Unas pequeñas manos tiraron de él de manos y pies viéndose arrastrado, lo incorporaron y observó que sus compañeros —al igual que él mismo— quedaban sentados sobre la tarima del escenario, a todos les colgaban las piernas. Lo que vio al frente casi le deja sin respiración. Una multitud de infantes estaban sentados con las caras tapadas con pasamontañas, los observaban.
Una voz de niño habló por megafonía.
—Maestros, lo que queremos es sencillo. Nadie volverá a quedarse sin recreo. Aceptaremos deberes extras, asistir a reprimendas ante nuestros padres en el despacho del director, repetiremos curso, incluso algún cachete. Pero desde ahora en adelante, nadie de nosotros, y digo nadie, se volverá a perder el recreo. Porque si sucede de nuevo, la próxima vez—la voz se tornó amenazadora— os dolerá de verdad.
En ese momento sonó la sirena, con un orden militar, todos los asistentes encapuchados se levantaron y evacuaron el salón de actos en cuestión de pocos minutos. Nos desataron y nos dejaron reunidos en la estancia. Recuerdo que nos miramos, libres, perplejos. Reaccionamos, salimos todos juntos al pasillo.
Nada. Nadie. De nuevo.
Al pasar por la primera aula, abrimos tímidamente la puerta. Los chicos estaban sentados en sus pupitres y todo tenía un aspecto de normalidad. Cerramos.
Nos dirigimos a la sala de profesores y comprobamos que había línea. Llamamos a la policía que se personó a la media hora. Le contamos lo ocurrido y nos miraron boquiabiertos. Nos preguntaron si queríamos poner una denuncia. La pusimos.
Días después, convocamos una reunión de padres extraordinaria y expusimos nuestra historia. No hubo comentarios. Se quedaron todos callados. Exigimos una investigación pero no la hubo.
Entonces nos dimos cuenta que nadie nos creía.
Desde entonces, cuando llega el recreo, hemos tomado la costumbre de tomar todos juntos café en el bar de enfrente del colegio.
Huelga decir que a partir de entonces, nadie se volvió a quedar sin recreo.
2009.09.23

No me gusta parecer gilipollas, es sencillo, no creo serlo, pero hay veces que tus actos son, como decirlo, simplemente idiotas. De vez en cuando me ocurre, y cuando la habitación de mis pensamientos se reduce como aquella casa del país de las maravillas, y voy de sota a caballo, y de caballo a sota, entonces, es hora de partir. Andar no solo es sano, también es cansado, y el Otoño no solo es bonito, también es lluvioso. Apenas comenzó la tarde, unos nubarrones presagiaban tormenta que en la montaña no es cosa de decir, “va a llover”, en la montaña es mejor decir, “coño, va a llover”. Mi saco de dormir resiste bien los cinco bajo cero, pero no es suficiente como cobijo bajo un aguacero, lo mejor, lo obligado, es buscar refugio. En esas andaba con el cielo cada vez más negro cuando por casualidad encontré una vereda que estaba semienterrada por la vegetación, la seguí por la urgencia, y apartando ramas apareció uno de esos caminos hoyados que más se adivinan que se marcan. Empezó a llover y los hoyos fueron llenándose de agua, y yo me fui mojando, aligeré el paso evitando charcos y ramas y de pronto se despejó de árboles el sendero, aún atardecía y ello me permitió visualizar un conjunto de desvencijadas casas en la cima de una pequeña colina. No tenía muchas opciones, así que decidí continuar. Tronaba cuando descubrí un cartel tumbado donde se podía leer
G c o..ne..
—Debía ser el nombre del pueblo. Pensé
Aligeré el paso mientras me ponía chorreando y me dirigí al poblado. Una calle dividía casitas bajas con pequeñas puertas, ventanas a ras de suelo con marcos de madera podrida, techos hundidos —casi todos— y una iglesia, aparentemente en buen estado, hacia donde dirigí mis pasos con el único pensamiento de cambiarme de ropa y abrir una lata de lentejas que , con un poco de suerte, calentaría en un fuego improvisado. Empujé la puerta que cedió a mis pretensiones. Entré y vi, entre una oscuridad absoluta, una luz al fondo, en el altar.
Me cagué de miedo.
Dicen que la curiosidad mató al gato, y dicen bien. Mi miedo —absoluto— no fue suficiente para preguntarme
—¿Qué coño es..?
Me acerqué con precaución, es decir con mi navaja en la mano. Conforme mis ojos se acostumbraban a la oscuridad iba percibiendo más detalles, bajo la cruz del crucificado que presidía el altar había un hoyo que parecía una tumba. No. Rectifico. Era una tumba. Abierta, unas velas, un pequeño hornillo de leña —las lentejas, pensé— un jamón colgado del pie de Nuestro Señor a medio consumir y enseres para cocinar. También había lo que parecía un despensero al que le faltaba una puerta. El conjunto era —como poco— peculiar.
Fue cuando la sombra se movió.
Alcé mi navaja y la puse entre la sombra y mi mortal cuerpo, temblaba mi mano.
—Tranquilo joven —dijo la sombra— ¿qué haces aquí?
Decidido a no fiarme y a vender caro mi esqueleto pensé en la tumba —!ay dios mío!— no contesté y esperé en posición de prevenga.
—No necesitas eso —siguió hablando la sombra— yo vivo aquí, eres bienvenido ¿te ha pillado la tormenta, no?
Un viejecito encorvado y con cara de buena persona se puso a la luz de las velas —a ese le puedo, pensé— se vino hacia mí y se quedó a una prudente distancia. Lo analicé más detenidamente y bajé la navaja.
—Hola, perdone, me ha asustado, no esperaba…
—Ya, ya, ya, claro. No te preocupes.
Conversamos y me invitó a cambiarme de ropa, yo acepté y me fui relajando, se estaba caliente allí, con eso, unas ropas secas y la mente en las lentejas, le ofrecí cenar con la esperanza que me dijera que no. Pero me dijo que sí
—Hace cuatro años que no hablo con nadie, bueno, menos con ese —dijo señalando al crucificado— tengo jamón y huevos de gallina, y vino, podemos compartir lo tuyo y lo mío.
Eso me sonó a gloria, lo confieso. Acepté de inmediato. Preparamos las lentejas y el viejo cortó gruesas lonchas de jamón que asó en una sartén quemada por los años de uso, fuimos bebiendo vino mientras las viandas se cocinaban, el viejo hablaba y hablaba. La lata de lentejas empezó a humear, el viejo dobló un paño jamás lavado y la cogió por la tapa apartándola, dos escudillas de madera nos hicieron de platos, jamón, lentejas y vino empezaron a ser devorados por mí, y degustados por él.
—¿Eso, es una tumba?—pregunté.
—Justo.— Dijo él.
—Ah! Me pareció.—Contesté.
—La mía.— Dijo engullendo una pequeña ración a lo que acompañó con un largo trago de la bota de vino.
—¿Y eso?
—Bueno, soy el último. No hay nadie para enterrarme. Será mi tumba, duermo ahí todas las noches, por si acaso no despierto, ya sabes. Por el día, si me encuentro bien, me siento y hablo con ese —dijo señalando con la barbilla al Jesús— si me encuentro mal, pues me meto en la tumba no vaya a ser que muera donde no debo.
Yo me quedé a medio masticar.
—Son ya cuatro años desde que murió “El bocas”, Sebastián, le llamábamos “ El bocas”, era mudo. Así que tu eres el primero con el que hablo desde, déjame que piense, once años, desde que murió Antoñita “ La oídos”
—Era sorda, claro.
—No, fea.
—Ah!
Hace quince años quedábamos dieciocho en el pueblo, entonces murió el enterrador. Desde entonces nos fuimos enterrando unos a otros, fue un pacto. Todos éramos ya mayores y no queríamos abandonar el pueblo, la verdad es que aquello nos cambió la vida, el pacto digo, todos nos hacíamos favores para que, cuando llegara nuestra hora, los demás se ocuparan de nuestro entierro. Fue como si nos convirtiéramos en hermanos, de los bien avenidos digo, cuando eres viejo descubrirás que tu entierro es algo muy importante. Pero claro, cuando quedamos solo “El bocas” y yo, tuvimos que pensar en qué haría el último. Cavamos esta fosa entre los dos, de esa forma nadie quedaría sin enterrar. Yo espero.
No dormimos esa noche. Gabriel “el uñas”, me fue contando que lo llamaban así porque de pequeño le contaron que quien se mordía las uñas se volvía loco, y él se las dejó largas, tanto como para crecieran curvadas en los pies. Me contó historias de aquel pueblo que ya, casi no tenía nombre, pues el cartel que lo anunciaba se cayó y, ya, nadie lo levantó, borrándose parte de sus letras, pero sobre todo me contó la muerte de sus vecinos, que se convirtieron en sus hermanos, por aquel pacto.
Dejé al “uñas” al cuidado de su tumba, y al día siguiente tomé camino de regreso. Cuando me metí en mi habitación de pensamientos descubrí que era más grande, mucho más.
(dedicado al uñas, como prometí)
2009.08.28

El morlaco salió por chiqueros con las dos manos en alza, como pidiendo pelea, sin estar dispuesto a morir. La sangre le enervaba y se puso a recorrer el coso que gastaba arena bajo sus pezuñas, la mirada alta, la cornamenta dispuesta y el ojo avizor. Buscando el reto. Trapos rojos vestían de negro su iris atento al movimiento y cargaba con violencia contra las tablas, repitiendo, pero sin demorar la espera pues los reyes no esperan.
La muleta delató su intrusión y el rey no dudó ni un instante. La carrera se vino larga y el maestro estuvo hábil en el lance enseñando el aire tras la muleta que el toro mató. Girando la cabeza en un torniquete —se revolvió— , la segunda no se tardó más que un suspiro y el baile fue a manoletina con la muerte pasando demasiado cerca de la femoral.
- Amarra maestro, que ese busca y encuentra —dijo el subalterno parapetado—dale cambio para que no aprenda.
El sudor del torero manaba de su frente a chorros, las cejas se desbordaban y el escozor le avisaba del dolor, del que podía sentir. Entre esas brumas escuchó y al tercer embiste giró redondo, en la emoción de bailar con la muerte soslayó el pecho con el pase en alto. El gris ceniza pasó hasta el rabo y la plaza vibró en una sola voz.
Olé.
Suena el sol alto en la plaza, proyectando sombras cortas que avivan el sudor en el tendido, la atmósfera se vuelve irrespirable en la arena y las ventanas de la nariz del matador arden intentando respirar un poco de aire. El sudor se evapora antes de caer al suelo que está seco como una tumba en el desierto y el toro, detenido en un instante que flota desdibujado en el calor, apunta en silencio a la figura que no es hombre. Su enemigo.
Las sombras se cruzan una y otra vez, pasando una encima de otra, sin chocar. La plaza se agota en la tensión de cada lance, y los torbellinos de chicuelinas, naturales y pases de pecho se detienen en un final que enfrentan cabeza y testuz, deteniendo el tiempo.
Olé.
Desaparece el engaño por la espada de matar, enfundada tras la muleta como un asesino esconde su daga. La bestia siente el cambio sin comprender, y escarba la tierra nervioso por lo que ha de venir.
Suerte maestro.
Los pases cortos preparan la horca, la igualada llega siempre por casualidad y el torero busca la cerviz echando la muleta al suelo. Desenfunda el pincho lentamente para no distraer la atención del bicho que mira atento el rojo odiado, sube la mano hasta los ojos y apunta a la cruceta que buscará atravesar la piel sin tocar el duro hueso. Levanta la muleta, y decide traerse a la muerte.
eh! Toro!
El animal se arranca buscando su vida, y el pincho se le hunde hasta el puño. El hombre gira en un último instante saludando a setenta centímetros de asta que pasa a su lado sin tocarle.
Olé.
Los pañuelos menean el aire provocando la brisa en la plaza, el toro está muerto aunque aún anda y se piden trofeos. Dos pañuelos apoyados en la presidencia los conceden, concediendo a su vez una tarde de triunfo al matador. Hoy ganó, y el mundo es suyo.
El toro hinca de manos para ya no levantarse, y sólo la raza mantiene su enorme cabeza ofreciéndola a su ejecutor.
Descabello en mano, el matador besa el morro del morlaco en señal de respeto, antes de despachar la nuca que destroza en un certero y último pinchazo.
Olé.
Fue lucha con igual, tumba de reyes en una plaza de sol implacable, fue tarde de toros. Con la muerte como final, y la gloria como acompañante.
2009.06.02

En un rincón apartado Mario Cadonacci tenía, cubierta con una manta, un bulto enorme escondido a las miradas de las clientas que no paraban de llegar a manadas. Había tomado tres ayudantes, una por cada máquina expuesta, pero la demanda presionaba el negocio y tenía que poner toda la carne en el asador. La máquina guardada era un prototipo apenas probado en seres humanos, pero él tenía confianza, era su gran proyecto, la máquina letal.
- - Mario, yo me presento voluntaria -la que hablaba era la alcaldesa, Ágata- súbeme ahí por Dios!.
- - ¿Te atreverías?
- - ¿Quieres que me ponga de rodillas? -Mario se echó mano al paquete.
El día que la ideó supo que sería la catedral de las máquinas sexuales para mujeres, jamás algo tan brutal podría ser superado por muchos siglos que el hombre viviera. La idea nació de una sencilla pregunta formulada en una casual tertulia. ¿Cuántas pollas son necesarias para satisfacer completamente a una mujer?, indudablemente la pregunta invita a la reflexión y al conteo. Veamos…, una, dos, tres,…, vale, cuatro, cinco. Y ya está, ¿no?.
- - ¿Por qué tiene seis brazos?
Mario evaluaba la situación, se puso de pié y rodeó el fornido cuerpo de Ágata asintiendo con la cabeza, -eres fuerte como un caballo, alcaldesa.
- - Será como una yegua.
- - Sí..,eso – Mario se acercó al oído de Ágata y le bisbiseó en secreto.
- - Oh!.., ¿y la sexta?
- - “bsbsbsss..”
- - ¡Santo Dios!
Mario comprendió que la Alcaldesa era la candidata idónea para una “prueba en vivo” de la máquina así que la aleccionó.
-Debes subirte aquí, es un columpio un poco especial.
Ágata se deja poner argollas en muñecas y pies, un arnés acolchado la sujeta como una marioneta.Al otro extremo -Mario-, maneja cuerdas como un hábil titiritero, hace pruebas y coloca a la alcaldesa en posiciones inverosímiles. Le hace inclinarse con torso recto hasta tocarse los pies con la nariz, o le abre tanto las piernas que Ágata grita ,a punto de partirse -cabrón!, ¡que no soy una anchoa!-, Mario comprueba que puede manejar a su antojo su particular muñeca.
Entonces trae el monstruo de seis brazos que acaban en sendos penes de diversos tamaños y formas.
-Déjate llevar.- Dice Mario con una mirada que refleja seguridad.
Maniobra para que uno de los brazos se acerque a la boca de Ágata, ella la abre sacando la lengua y se la traga. Mario empieza a menearla adelante y atrás con parsimonia usando una de las cuerdas.Cuando coge el ritmo un baile de cuerdas compone una melodía alrededor del cuerpo de Ágatha, por todos sus orificios, a la vez. Ella enloquece en posturas lascivas y sin pudor, su cuerpo tiene convulsiones aún con el más mínimo roce, pero la máquina no da cuartel, y orgasmo tras orgasmo la alcaldesa deja de ser dueña de sí hasta una lejana voz en su cerebro le hace gritar las palabras..!basta!. E -igual que la primera vez- Mario detiene la máquina.
Tiene un rendimiento aceptable, solo queda clasificarla.
-Dígame alcaldesa, ¿cómo la definiría?
Ágatha la miró reviviendo los momentos que su cerebro había retenido y sonrió feliz
-Es una gran hija de puta.
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