mutación

Es primavera, un día de esos en que estás contento y te sientes afortunado de vivir, tras ir a nadar ayer, todo fue mejor de pronto. Flotaba cuando me dirigía al coche para ir a tomar las mejores albóndigas de la ciudad y escalope con patatas de segundo. Recuerdo que miré los zapatos como agradeciéndoles lo cómodos que eran, ¡y qué limpios!.
Por la noche sigo mi método para comprobar la vida media de un calcetín en el pié, primero los miro, el aspecto es esencial, rayas negras y azules de mar mediterráneo -pienso en el buen gusto que he tenido al elegir esos calcetines, quizás sea un síntoma de madurez-, y después los huelo hundiendo mi nariz hasta el fondo, para que no haya dudas -sí, aún me aguantan la semana. Pienso.
Hoy, en mi intención de redondear una mañana igual de espléndida, decido repetir la rutina de nadar, comer y disfrutar.
Cuando llego al mostrador para que me piquen el ticket, la funcionaria está rellenando un test a un tío de unos cincuenta años.
- ¿Nombre? -la concentración de la empleada del estado es máxima.
- Cristóbal Romero Gómez -Cristóbal Romero Gómez, repite ella escribiéndolo con una caligrafía redondeada.
- Mañana a las doce menos cuarto se acerca por aquí con un informe médico, una radiografía de la columna reciente y otra tamaño carnet -su mirada escruta cualquier indicio en el rostro de Cristóbal Romero Gómez que le haga descubrir que su solicitud para pagar la mitad por prescripción médica es falsa. Pero el presunto defraudador, o es un profesional, o dice la verdad. Su rostro no se ha conmovido.
El susodicho se retira y es mi turno.
- Hola – digo, y le extiendo mi pase de diez baños -. La funcionaria me pica el ticket y me lo devuelve. Yo giro cuarenta y tres grados y medio y me dirijo a la puerta que baja a los vestuarios, entonces ocurre.
- Perdone, ¿usted no vino ayer?.- Me detengo, siempre es agradable que te reconozcan.
- Pues sí. Vine -la verdad es que estoy emocionado.
- Verá -me explica mientras siento su mirada escrutándome tal y como antes escrutaba a Cristóbal Romero Gómez-, ayer hubo una confusión. Un muchacho nos avisó que le habían cogido sus zapatos, por lo visto los había dejado junto a otros exactamente iguales y del mismo número.
- No me diga -zapatos, confusión- pero qué cosas pasan, y dígame ¿Cómo se fue sin zapatos a su casa?.
- En chanclas, las que había traído para nadar. Mire -la funcionaria se levanta y revuelve la taquilla que queda a sus espaldas. Saca unos zapatos. Saca mis zapatos. Y mis calcetines.-. Estos eran del señor que se llevó los otros. Los dejó aquí por si viene de nuevo.
Mi cara amenaza con sudar. ¡Coño! -pienso-, con razón no me sonaban los calcetines.
- El chico que los dejó dijo que él no estaba dispuesto a ponerse los calcetines y los zapatos de otro tío. Bueno, eso es normal, yo creo que eso no lo haría nadie sabiéndolo, ¿no cree?.
- Noooo, claro. Eso no lo haría nadie -bajo los ojos ante la funcionaria del estado que sigue escrutándome-, lo siento no puedo ayudarla. Bajo mi mochila hasta la altura de los zapatos y me dirijo a la puerta de los vestuarios andando como una geisha. La funcionaria me mira de reojo a los zapatos, y yo me pongo zambo, ando a la pata coja y salvo la escasa distancia que me hace invisible de tobillos hacia abajo ante la despiadada mirada de esa trabajadora del gobierno.
El vestuario está a rebosar, así que me meto en una de las cabinas privadas a cambiarme. Guardo los zapatos y calcetines en la mochila para que nadie pueda verlos y me voy a nadar. Cuando salgo, lo hago a la velocidad de la luz y la funcionaria apenas me oye la “s” del adiós que le tiro. Estoy a salvo, contento como un niño con zapatos nuevos.
Realmente -tengo que decir-, no son iguales los zapatos aunque lo parezcan. Los que llevo puestos son mucho más cómodos.
Y los calcetines más bonitos.






