¿Más café, Sr. Wheendorf? —Elsa, la camarera, espera contestación con la cafetera en vilo. Lleva un mandilón blanco impoluto aún por lo temprano de la mañana y luce una sonrisa recién estrenada. La cofia, demasiado pequeña para su cabellera, se agarra al pelo con cuatro horquillas hábilmente colocadas. El Sr. Wheendorf, que tiene una edad indefinida entre cincuenta y pocos y sesenta y muchos, la mira y parece reflexionar sobre la pregunta. No contesta. Elsa se impacienta y hace un ademán con la cafetera provocando que un par de gotas salpiquen sobre el mandilón. Su cara pierde la sonrisa y se estira para retirarse molesta por haberse ensuciado. —Sí, gracias. Tomaré media taza más de ese estupendo café tuyo Elsa. Perdona, estaba distraído. ¿Te has manchado?, cuanto lo siento. Ha sido culpa mía. —Elsa sirve el café embelesada por las palabras del hombre que agradece de forma inmediata con otra sonrisa aunque, en esta ocasión, de segunda mano. Un humo denso surge desde el fondo de la taza conforme el negro líquido es vertido, Elsa asoma la cabeza al interior de la taza intentando calcular el nivel del líquido, se detiene —un poco más Elsa—. Elsa escancia un escaso chorrito que termina con un gesto satisfecho del hombre. —Muchas gracias—. Elsa se retira sacudiéndose con la mano las dos manchas de café en su mandilón mientras sostiene la cafetera con la otra mano. Está algo disgustada.
La escena ha durado exactamente dos minutos.
Durante ese tiempo, dos hombres han entrado en el local haciendo tintinear la campanilla de la puerta. Se han dirigido a la barra y se han sentado en dos taburetes. Uno de ellos, el alto con gabán beige y sombrero de ala, ha cogido la breve carta de dos hojas mientras terminaba de acoplarse a su asiento en un decidido movimiento. El otro, el del bigote, se entretiene mirando el local haciéndose una idea de su composición. Al no encontrar nada interesante mira a su compañero que está concentrado en la carta. Este,con un leve cabeceo negativo mientras lee murmura algo disgustado.
A miles de kilómetros de allí, justo dos minutos antes que ocurran ambas escenas; una sonda de cinco kilómetros de longitud golpea el subsuelo terrestre en su búsqueda incesante de petróleo. Cada impulso hace que penetre aproximádamente un metro hacia el fondo de la tierra. De pronto se detiene. Las alarmas empiezan a gemir en la base situada sobre una plataforma en algún lugar del Océano Pacífico. La ha detenido una losa del tamaño de Europa que impide su avance. El ingeniero jefe pulsa el botón para que el sonido de la alarma se detenga y deje de castigar sus oídos. Disgustado, deja la lectura que hasta ese momento le absorvía. La sonda se detiene continuamente al encontrar ese tipo de dificultades en su avance. Él sabe qué hacer. Mira los gráficos del fondo durante treinta segundos y decide que esta vez se va a saltar el protocolo de seguridad que impide darle al botón rojo para que la sonda siga horadando con un empuje extra que rompa el obstáculo que la detuvo. Eso ahorrará mucho tiempo y dinero, y él podrá seguir con su lectura. Lo hace. Cincuenta segundos después, justo cuando Elsa empieza a verter café en la taza del Sr. Wheendorf, la sonda empuja la losa, una grieta se abre como una cremallera dividiéndola en dos hasta que su propio peso la parte. Un enorme estruendo envuelve al ingeniero jefe que comprende que ha metido la pata. Una falla subterránea cede por el peso de la losa al depositarse sobre el fondo y hace que se deslice la plataforma continental de Asia; y en quince segundos, justo el tiempo que tarda el hombre alto con gabán en murmurar algo con gesto contrariado, se produce el mayor terremoto de la historia de la humanidad que acabará primero con el continente y más tarde con la vida en la tierra.
Estoy convencido que no existe un último lugar tras la taberna “Whales Tabern” de barrio infierno. Incluso el mismo Infierno está antes. Nadie debería dejar de tomar un trago después de ir a visitarlo. Hace demasiado calor en el Infierno. En cuanto al cielo ¿quién quiere ir al cielo? No hay mujeres desnudas en el cielo, y las arpas tocan siempre la misma melodía.
Fue en “Whales Tabern” donde conocí a Frank. La enorme barra de madera del “Whales Tabern” acabó sellando una hermosa amistad totalmente soluble, en whiskey, por supuesto. Dicen que la barra del “Whales Tabern” fue hecha con la madera de un viejo galeón que traía esclavos negros de África. Dicen, incluso, que aún se conservan parte de los esqueletos de los que no pudieron terminar tan infecto viaje.
—¿En dónde? —Pregunté una vez.
— En la argamasa —me contestó confidencialmente Skinner. El barman del “Whales Tabern”—por eso es negra, y no blanca.
Frank solía llegar de madrugada. También solía quedarse varios días con sus noches alimentándose de cacahuetes mientras bebía.
—Hay que hacer fondo para que la bebida asiente bien—explicaba.
Frank vivía entre dos mujeres y su conversación siempre versaba sobre ellas. Confieso que es algo digno de escuchar. Al menos una sola vez.
—Ingrid tiene la piel fina. Ni el prepucio de los ángeles posee una piel como la de Ingrid —Frank gustaba de blasfemar continuamente—. Pienso guardar su lengua en formol cuando muera.
Frank hablaba y hablaba deteniéndose pocas veces en las que se llevaba comida y bebida a la boca. Yo prefería no preguntar, no hacía falta.
—Samantha es regaliz con chocolate. Fuerte al paladar. Te deja un sabor agradable entre las piernas.
Podía parecer que Frank era un hombre afortunado, sin embargo los días, con sus noches, que pasaba en “Whales Tabern” dejaban claro que no lo era, al menos del todo.
Frank dejó de aparecer por el barrio durante una larga temporada y se le echaba de menos. Su ausencia dejó ese vacío que no merece la pena intentar llenar con nada, pues jamás lo consigues.
Una noche regresó. Me había retrasado algo más de mi habitual hora y ya iba por su quinto whiskey. No lo saludé. En cambio me senté a su lado como si jamás se hubiera ido. Él empezó a hablar.
—No pude elegir. Las mujeres siempre quieren que elijas. Siempre quieren que las elijas a ellas. Pero yo quería a las dos. Quería elegir a las dos.
—Sí Frank —dije yo intentando comprender.
—Al final he elegido ninguna, supongo que es la elección más justa.
Frank aún está sentado en la barra de la única taberna de barrio infierno. Creo que en realidad teme irse de allí. Más allá no hay nada.
Bajo la encina de un bosque que no existe,
no estoy sentado a la sombra de un día soleado.
Tampoco hojeo un libro.
Ni escucho los sonidos de mi alrededor.
Bajo la encina de un bosque que no existe,
no marcaré en su tronco un nombre, ni un corazón.
Ni respiraré aire puro.
Ni cogeré tu mano para pasear en un camino
que no existe
en un bosque
que no existe.
Tampoco beberé agua de una fuente,
ni reiré palabras que no fueron dichas por tu boca que ya no está.
No tocaré tu pelo,
ni nombraré tu nombre.
Ni tendremos más hijos que nunca reirán entre columpios y que jamás nos llamarán por la noche.
Bajo la encina de un bosque que no existe.
No estoy yo,
ni estás tú.
¿Jugamos a monopoli?, la escena tenía su gracia. El estaba en calzoncillos blancos, de los de huevera, demasiado grandes teniendo en cuenta lo fláccido de su miembro. Sentado sobre la cama ella no sabía de dónde había aparecido el juego que le ofrecía con entusiasmo. Ella vestía poco más que un hilo dental en su entrepierna, y desde luego, no podía considerarse el uniforme idóneo para tan sesudo juego.
—Bueno —contestó ella— pero deberíamos poner reglas.
—¿Reglas? —preguntó a su vez él— pero si las reglas ya están puestas.
—Pero podemos cambiarlas, no me gustan las reglas como están.
—Bueno, ¿y qué reglas quieres cambiar?
—Si tú pasas por una propiedad mía, aparte de pagarme deberás hacerme un favor sexual, el primero lo elegirás tú, el segundo lo elegiré yo, pero siempre con una condición.
—¿Cuál? —dijo él mientras su huevera quedaba más rellena a ojos vista.
—No puedes correrte, yo sí, porque son mis propiedades, pero tú no.
—¡Ah!, claro —cedió él. Abrumado se puso el monopoli en la huevera que a esas alturas se le quedaba claramente pequeña. Lo cual demuestra lo difícil que es hacer ropa interior para los hombres, no hay forma.
—¿Y tus reglas? —preguntó ella destapando el juego mientras él sujetaba firmemente la caja como si fuera un bastión.
—¿Las mías? —se puso colorado sin poder contenerse— bueno, supongo que las mismas que las tuyas ¿no?
—O sea que cada vez que caiga en una propiedad te pago y te hago un favor sexual, pero no puedo correrme y tu sí, ¿es eso?
—Mujer, cada vez…,
—Pues defínete, las reglas han de ser claras. ¿Te corres o no te corres?
—Me corro, me corro.
—¿Ves? no es tan difícil. Ahora las penalizaciones.
—Pe..pe..pe..
—¡Claro!, si no me pagas puedo darte crédito hasta un máximo del diez por ciento del efectivo en mi poder, si no me corro cuando me hagas un favor sexual entonces te quedas un turno sin jugar, si te corres cuando no debas entonces me tienes que dar la mitad de tu efectivo.
—Pe..pe..pe..pero, pero..
—¿Pero?
—Oye.
—¿Qué?
—¿Y si follamos?
—Desde luego —dijo ella apartando el monopoli— es que todos buscáis lo mismo.
Escribir es fácil, yo lo hago a todas horas, escribo informes para el despacho y os aseguro que en momentos de inspiración, que me pillan trabajando, claro, algunos de esos dictámenes sesudos, exactos y certeros son pura literatura. ¿Creéis que exagero?
Una vez tuve que dictaminar si un rayo había o no alcanzado un transformador de alta, lo cual quiere decir algo muy técnico que es mejor no explicar, pues esa magia que rodea al conocimiento desde la ignorancia es la base, y el alimento, de todo técnico. La cuestión es que en un caluroso día de agosto giré la oportuna visita para comprobar el estado del transformador. Más de cuarenta grados hacía. Parapetado tras mi aire acondicionado me dirigí al campo, donde vivía el transformador antes de ser calcinado por, supuestamente, un maléfico rayo.
Tras las oportunas observaciones de mis expertos ojos a los que no se les escapa nada técnico, mi dictamen fue implacable.
“Nada de rayo, el transformador se ha quemado de muerte natural. Baso mi dictamen en la edad, cincuenta años, el estado de conservación, una ruina, en los apósitos perlados que impregnan los cartuchos de los fusibles con ligeros tonos anaranjados tirando a verdosos por las aristas, señal inequívoca de una combustión lenta con temperaturas inferiores a la de fusión del cobre y porque lleva sin haber tormenta desde hace dos años.”
Implacable.
Muchos son los momentos en que las letras, esas enemigas acérrimas cuando se trata de escribir relatos para certámenes, me han acompañado en mis viajes laborales haciendo de ellos aventuras quijotescas sin igual.
Fue un día que no sé si hacía calor o frío, la verdad, cuando el caso más extraño que ha pasado por mi despacho de técnico pluscuamperfecto llegó a mi mesa. Desordenada. Característica que siempre la ha definido perfectamente. Como digo, nada hacía sospechar que esa mañana el destino iba a ponerme a prueba con.., otro transformador.
No es que la electricidad haya sido una de mis pasiones de juventud, ahora que lo pienso, mis preferencias pasionales iban dirigidos por otros derroteros bien distintos y que no es muy difícil imaginar. Pero la electricidad, se ve, era mi verdadera vocación seguramente frustrada por el espantoso profesor que tuve en la Universidad, un tipo con un gaznate prodigioso, capaz de hipnotizarte con su glotis mientras la movía como un reloj subyugante, solo que verticalmente. Los alumnos, sobre todo los pelotas que se sentaban en primera fila, caían en un sopor fulminante. Ni os digo lo que ocurría con los de las filas de en medio. Y yo que me sentaba en la última acabé sacando la conclusión de que la corriente alterna era la de los pobres.
Pero el destino es así, como sea. Y esa mañana —como explico— me dirigí a comprobar la razón de que saltaran los fusibles en un transformador que, en esta ocasión, vivía en la sierra. Desde hacía semanas, cada amanecer, los chalets habitados de la zona se quedaban sin luz, con la consiguiente molestia de no poder preparar tostadas, ni café, ni ducharse después de hacer el amor por parte de los convecinos que empezaban a estar a esas alturas, más que molestos, cabreados.
Con determinación me fui hacia el despacho del técnico que había realizado la reparación en cada una de las ocasiones y que, suponía con perspicacia, estaría hasta los huevos de subir a la sierra todos los días. Después de los saludos y espera pertinentes me hizo pasar a su despacho un afable hombre entrado ya en edad que me expuso la factura de su trabajo.
—¡Setecientas mil pesetas en fusibles! —no pude sino exclamar cuando me enseñó el boletín. Confieso que en mi primera impresión pensé que estaba ante un chorizo que ríete tú de los de Cantimpalo. Pero el aspecto de abuelo de Heidi, lo amable de su conversación y sus ojos desesperados terminaron por convencerme.
—Es la primera vez en cuarenta años —comenzó a explicarme el abuelo de Heidi— que tengo un caso similar. Hemos subido todos los días durante dos semanas tras el correspondiente aviso del presidente de la línea que alimenta la zona. Hemos cambiado veintiocho fusibles en total, hemos medido la tensión, correcta, no ha habido tormentas en la zona desde hace meses, hemos revisado siete veces la toma de tierra…, en fin, nada. No hemos podido descubrir lo que provoca que salten los fusibles. La gente se nos echa encima, somos los técnicos de mantenimiento de la línea y empiezan a creer que no sabemos lo que tenemos entre manos. No puedo permitírmelo. Por eso hemos decidido contratar a un técnico cualificado. Usted.
—Yo.
—Sí, usted.
Algunas veces entran muchas ganas de salir corriendo.
Nos montamos en el Land Rover y nos fuimos a ver el transformador que estaba a dos horas de camino. Durante el mismo, el abuelo de Heidi me contó complicadas teorías que había elucubrado para solventar la cuestión, pero invariablemente, ante mi entusiasmo por llevar a cabo cualquiera de ellas que me sacara de tal aprieto, venía siempre una pega que él mismo también había elucubrado y que imposibilitaba su inicial propuesta. Yo estaba cayendo en una profunda depresión cuando, por fin, llegamos al lugar donde el misterioso hecho acontecía.
Bajé del coche con alivio y seguí al buen hombre por un sendero que nos condujo al pié de la torre donde descansaba lo que —pensaba yo entonces— se iba a convertir en mi pesadilla. Al llegar él se paró a pocos metros y me dejó pasar. Yo comprendí que me estaba dando la alternativa, así que me puse la montera y salí a la plaza.
Me dirigí decidido a la torre, me paré y la observé con saña. La rodeé conservando la distancia de seguridad no fuera a ser que diera calambre y cuando llegué a su espalda la observé con saña.
—Mmmm —dije.
—¡ Qué! —exclamó él.
—Todo normal. Es un transformador normal. Dictaminé yo.
—¡ Ah!, pero entonces ¿por qué saltan los fusibles?
Me retiré sin contestar sumido en una profunda reflexión dirigida hacia un agujero negro que eran mis pensamientos, practicando algo que con habilidad he perfeccionado con el tiempo. La puesta en escena de un técnico. Un verdadero técnico tiene cientos de datos en la cabeza que le dan vueltas como los planetas al sol. Por ello necesita tiempo para clasificarlos. De ahí la profunda reflexión. Un verdadero técnico es como un yogui en éxtasis cuando realiza dicha labor, su concentración es tal que se aísla de este mísero mundo que Dios nuestro señor, con ayuda de Zapatero, nos ha puesto como prueba terrenal antes de ir a disfrutar de las huríes que nos esperan en el más allá. De ahí que no le contestara.
Pasado ese instante se me ocurrió algo.
—Mañana por la mañana, antes de amanecer. Nos venimos los dos aquí y esperamos a ver qué pasa.
—Buena idea —dijo el abuelo de Heidi.
—Por supuesto —dije yo.
Y así lo hicimos. Quedamos citados a las cuatro de la mañana y repetimos el viaje entre bostezos y una amena conversación. Nos sentíamos partícipes de una aventura encaminada a descubrir un misterio de la naturaleza. Su pundonor y mi cara dura se hermanaron en un objetivo común y eso creaba una atmósfera vital dentro del Land Rover que ya no era un Land Rover, era el barco de Magallanes antes de doblar el cabo de los infiernos, el trineo de Admunsen antes de conquistar el polo, el mono de Marco antes de ir a por su madre.
Llegamos de noche cerrada y nos desplegamos en silencio. Hablábamos bajito, y no nos pusimos a reptar porque él se negó. Rodeamos al transformador que no advirtió nuestra presencia y nos dispusimos a esperar sentados tras unos matorrales desde donde teníamos una buena visual. Mi compañero sacó un termo de café.
—¿bss bss bss? —me susurró alcanzándome una taza de aluminio.
—¿Qué? —dije yo bajito— Ah, sí —dije al ver la taza.
—¿bss bss bss? —volvió a espetar el abuelo de Heidi, pero esta vez no me mostró nada.
—¿El qué? —pregunté sin atreverme a alzar la voz.
—¿Qué? —entendí claramente que me decía.
Joder, pensé yo.
En esas estábamos cuando un ruido ensordecedor tapó nuestro silencio y acabó con nuestros susurros. Ambos nos quedamos petrificados ante tal violación inesperada que apabullaba la paz del monte y sorprendía nuestra vigilancia. Nos limitamos a esperar que el cielo cayera sobre nuestras cabezas en ese momento cuando los vimos. Cientos, miles de estorninos formaban una clara nube viva que sombreaban el albor de la mañana aún tímida, se dirigían a la línea que terminaban en nuestro transformador. El fresco de la mañana hacía que buscaran el calor de la línea y se posaban en una hilera interminable en los vanos que formaban el cableado. Su piar ensordecedor aumentó en escasos segundos conforme iban llegando y posándose en los cables.
Asombrados, nos levantamos al unísono para contemplar el grandioso espectáculo. Al hacerlo, los estorninos se asustaron y en sincronía levantaron el vuelo como si de un solo animal se tratase. Los cables cimbrearon y se tocaron. Del transformador saltaron chispas por el cortocircuito.
Fue un espectáculo de luces y sonido.
Abrazados, festejamos la resolución del misterio. Los estorninos. Ellos eran la causa de que se fuera la luz. Habíamos conquistado nuestro polo.
Así que ya sabéis. Si tenéis problemas de electricidad. Me podéis consultar cuando queráis.